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viernes, 21 de enero de 2011

Noche de excepciones con una juvenil prostituta

Sexo oral A un anónimo que me pregunta si he entrado a un bar llamado Plaza, en San Félix, Edo. Bolívar, le contesto que sí.  Probablemente el hombre (o mujer) no me lea la respuesta, dada mi forma no periódica de llenar este blog.  Preguntó el 5 de octubre de 2.010...  ¡Échale!  Mira cuando cuándo lo atiendo...

Y preguntó en el contexto del relato de una noche peligrosa, de esas que de vez en cuando vivo cuando me atenaza el impulso de hechos digamos audaces.  De mis idas y venidas entre San Félix y Puerto Ordaz.

Hoy estoy en Caracas, como les he dicho ya.  Pero ya saben que rodé ruedas por cantidad en la llamada Zona del Hierro.  Y sí, le digo a mi lector, sí.

Muchas noches me paré frente a ese bar.  No soy de los que se paran mucho tiempo en un lugar pescando pasajeros.  Soy un taxista mercurial:  me muevo, me gusta la brisa en la cara, como les he dicho.  Abomino de los taxista de línea, gordinflones echados a la sombra de un árbol o edificio a la espera de que el pan les caiga en la boca, y cobrando más caro, de paso.  Con mi vehículo supongo me siento como los piratas, como esos aventureros que se montaban en un barco en busca del mundo desconocido, si es que se puede buscar lo que no se conoce.

Pero me paraba enfrente, y de vez en cuando entraba por una cerveza.  El ambiente siempre era un revoltillo de humo y mesas con putas ordeñando el bolsillo de los imbéciles.  Y siempre con olor a peligro, a bronca, a tiroteo con muerto y todo sobre el pavimento.

Con las putitas soy fisgón.  No las toco, por regla personal.  Las saboreo visualmente, revisando su escote y disfrutando de la carne en fru fru con la tela de su vestido.  No más.  Hablo con ellas, las oigo, a veces las dejo hacerme sexo oral pero con protección, carajo.  Y ojo:  sigo sosteniendo que no las toco.  El plástico del preservativo es una barrera entre ellas y yo.  Lógicamente no tocarlas significa que no las beso ni les manoseo las tetas o piernas, quizás cometiendo alguna excepción de vez en cuando ─no lo niego─ con alguna putilla muy joven, nueva en el oficio.  Pero incluso así me resulta difícil conciliar con ellas.

No obstante ─ya estamos hablando de excepciones─, cierta noche fui por una cerveza y vi cerca de la barra a una sirena de éstas.  Muy joven, nueva en la oscuridad, pues, fumando un cigarrillo mientras descansaba de los incansables borrachos.  ¿Para qué describirla?  Si ya mi amigo el lector anónimo sabe cómo son.  Súper tetas, súper culo, carita juvenil...  Dotes esas que llevan a una juventud frustrada o fracasada o abandonada a tomar el camino fácil de sacarle provecho comercialmente a sus dotes naturales, especialmente físicas.  Acercarse a ella significaba bajar los ojos hasta la raja vertical entre sus tetas, cual nalgas; o imaginarse apretujar uno de los melones de sus nalgas, duras y misteriosas.

Le hablé un rato mientras obtenía mi cerveza para volver hacia el taxi afuera.  Le comuniqué visualmente mi fantasía (ojo, fantasía) de comerla, y ella aceptó.  Le dije que la llevariá a su casa cuando terminara, si yo estaba al frente.  Otra vez aceptó.

Salió a las dos de la mañana.  Vino sola.  Me dijo que la llevara hasta la vía de El Pao.  Rodamos y hablamos.  Para ser franco, mi pago era estar un rato con ella al lado y desearla, o imaginarme hechos irrealizables. Ya sabemos cómo es la mente humana de cochambrosa. Pero casi nunca ha sido tan fuerte el deseo que me lleve a romper la regla y a entrar en acción, poniéndome a perforar culos puteicos, aunque a veces pienso que las vecinitas que de vez en cuando me tiro (o aquellas mis amigas que ponen cuernos a sus maridos) es posible sean peor que las putillas.  Porque, digo, las putillas se protegen, y las vecinillas pega-cuernos te cogen sin que tú te pongas protección.  ¿Será que porque no las ves en un bar crees que no son guarras y no pegan enfermedades?  ¡Coño, si cada vez que te las pegas te coges de paso también al marido!  Quiero decir, entras de algún modo en contacto con él, el usuario principal de su carne.  ¡Y que sabe uno si el pobre cornudo es un redoblado cogedor de putas, de esos agricultores de los virus y bacterias!...

Lo cierto del cuento fue que la llevé y durante el camino no me animé a presionarla nada, ni siquiera porque sabía que ella estaba pensando que yo quería algo a cambio por llevarla a casa.  Estaba filosófico, digamos, porque quería oírla no más y conocer de aquel ser tan joven que salía de un alejado poblado hacia el centro de la ciudad a vender bebidas y a entretener borrachos.  Claro que cuando le miraba las tetas y la desbordante juventud en su cara siempre deseé que no fuera del oficio (como las vecinitas y amigas mías, quizás) para penetrarla y jugar un rato con ella... Pero ya les dije:  me cuesta hasta con preservativos.

Tenía marido y dos hijos.  Vivía en casa de su madre.  Su nombre es un sarcasmo de la vida:  Angélica.  Vendía el trabajo en su familia como una medida impuesta por una emergencia monetaria, y le decía a sus parientes que servía bebidas nomás a los borrachitos y que en ningún momento la tocaban.  Que era cuestión de control personal el no dejarse arrastrar ni siquiera bajo el efecto del licor.  Que sólo vendía y servía bebidas. Que si patatín, patatán.

Claro que conmigo ─supongo─ hizo una excepción, se dirá.  Como vio que llegábamos y yo no le sugería nada, sino que tomaba y hablaba, me miró de repente cuando entramos en un callejón oscuro, flanqueado de mucha vegetación.  Dijo “Epa, taxista, ¿qué tienes allí?", mientras se puso a frotarme la entrepierna.  Usted comprenderá, amigo lector, sobremanera masculino:  la torre se levantó, más cuando aquellas manos empezaron a hacer ruido con la cremallera de los pantalones y el lindo rostro juvenil se acercó rápidamente, con la boca entreabierta.

“Esta será una noche de excepciones… ─me dije burlonamente─, tanto de ella como mía”, y me encomendé a la suerte, rogando no contraer nada de aquella criatura.  Ya sabemos...., unos labios hermosos te pueden sembrar un papiloma o cualquier otra baratija de avergonzante catadura. Me ladeé un poco en la carretera y, acto seguido, abrí y relajé las piernas, dejando que aquella muchacha devolviera a su forma original mi erecta varilla.  Cuando me dijo “No me lo eches en la boca, taxista”, ya yo le estaba mandando un pequeño torrente del río Orinoco, que con seguridad le rebotaría en la pared final de la garganta.  Fue un corrientazo de placer extraordinario, lo reconozco, en apenas cinco minutos, con el aparato succionador de una lengua y dos labios, sin que yo tuviese necesidad de meter mano a su dueña tocándole siquiera una teta.

Sacó un panuelo y secó sus labios y, un poco más adelante donde se avisoraban una luces lejanas, bajó del carró y se perdió en la oscuridad.

martes, 8 de junio de 2010

La tristeza de un donjuán

Vejez e impotencia Ayer sentí consternación por un tipo como de 55 a 60 años, pelo blanco, bajo, contextura delgada, con aspecto algo cansado, apuntando ya a hombre mayorcito.

Me detuvo en la avenida Urdaneta, a golpe de 3:00 PM, por ahí.  Iba al Pérez Carreño con cierta urgencia porque a un nietecito (9 años) se le fracturó una mano por causa de una caída en la calle.  Le cobré BsF. 50, pero regateó, como siempre hace la gente (hay que cobrar caro, siempre pensando en ese mal hábito pasajeril).

Después de hablar de huesos rotos y niños un rato, y después de yo comentarles mis incursiones en la emergencia de ese temible hospital, empezamos a hablar de mujeres.  Es el tema clásico para hacer la carrerita más corta, aunque estemos conscientes que son cuentos de la calle, las más de las veces fantasías humanas, guisos de la imaginación.

─Ayer me pasó algo arrecho ─me preparó.

Ya yo le había contado caóticamente una aventurilla que tuve con una estudiante a la que me llevé a la playa y cuyo marido ahora me jode con sus mensajes llamándome al teléfono.  Dizque ─amenaza─ me matará, que me tiene ubicado y que sabe que le comí una fruta que era de su pertenencia.  Hasta mandó a otro a que me mande mensajes...   Pero no es mi cuento.

─Trabajo y tengo personal a mi cargo ─continuó el antiguo joven─.  Tengo una oficina ahí mismo en un edificio residencia cerca de donde te abordé.  Conozco mucha gente del edificio, hombres y mujeres.  Con varias de ellas tengo confianza, es decir, les echo vainas y me río mucho con ellas.  Un día una de ellas (morena, con un descomunal culo que te pone a temblar) me dijo “Martín, préstame BsF. 200”.  Yo le miré la cara y (te lo confieso) el culo también, y no pude evitar decirle, entre las risas de confianza que con ella tenía, “¡Gánatelos!”  Se me quedó mirando, como midiendo mi cara y lo que acababa de decirle, hasta que respondió:  “Tu vas a ver que me los gano”.

Mientras el hombre contaba su historia ocurrían muchas cosas que interrumpían su narración:  un motorizado haciendo de las suyas por allá, una mujer despampanante cruzando por acá, un fiscal mirándonos, una luz de semáforo que si en verde o amarillo.  En particular, un lunar carnoso, marrón, que saltaba sobre su labio superior, tendía a distraer la historia que contaba.

─Pasaron los días, dos, para ser exactos.  Una tarde como a las tres me toca la puerta de la oficina.  Voy y abro y (¿a qué no adivinas?) ¡sorpresa!  Era la “negra”.  Estaba arrechísima de sexy, vestida con ropa insinuante, apretada, tipo licra.  Tenía el pelo recogido.  Algo así como una mujer cuando sale a hacer ejercicios o a caminar, informalmente.  De inmediato, casi sin mirarme, después de haberme dicho “Hola”, cerró la puerta con el pasador, me indicó que me fuera a mi escritorio y, después de dar una vuelta para mostrarme su nalgas, se bajó del todo los pantalones y pantaletas hasta el suelo.  Seguidamente se sentó estirada sobre el asiento rodatorio y con brazos que tengo frente a mi despacho, y brotó lo más que pudo el arbolito de vellos de su totona, con las piernas apretadas.

“Me quedé en una pieza ─continúa el hombrecito─.  Y, como yo dudase en salir de mi asombro, se dio la vuelta sobre la silla giratoria y me mostró una intimidad oscura y trasera que me puso a temblar más.  El corazón se me aceleró.  ¡No joda, me excité fuertemente!  Fui hacia ella y la empecé a besar.  Le mordí la entrepierna, aunque no se dejó tocar las tetas ni besar en la boca.  Se puso a cuatro patas, se abrió.  Se retorcía como si hiciera un teatro... En fin, eso estaba aguadito cuando yo lo tocaba, listo para la acción...  Pero yo no me podía concentrar.  A cada rato sentía que me tocarían la puerta, que me llamarían por mi nombre, que se presentaría un problema en las instalaciones.  Hasta que exploté y se lo dije...”

─¿Y qué pasó?  ─le pregunto, después que se me queda mirando como para descubrir el efecto de su historia en mí y poder luego continuar.

“─¡No joda, negra, así no puedo! ─le dije─.  Vente otro día a otra hora.  O vamos a un hotel...  Hay mucha gente y tensión por aquí”

Y así terminó su historia, aunque a mí no me cuadraba nada.  Sabía que no estaba completo el cuentito y que el hombre no lo había relatado con sinceridad, escondiendo un punto doloroso para su hombría.

─Claro ─le digo para condescender con él─, es difícil con tanta tensión que uno funcione.  No todos, pero muchos hombres requerimos de gran tranquilidad para hacerlo...

Entonces me lancé con una gran mentira que me había ocurrido a mí con una muchacha de 22 años (tenía que completar la verdad de ese cuento mocho), a quién intenté hacérselo detrás de la puerta de un baño en una casa de familia, con el resultado de que no pude, porque no se me paró, porque había tensión, porque estaba apurado...

─Era una fiesta, estaba terriblemente excitado, pero tenía miedo de que el marido o alguien me descubriera.   Esa tensión jode y uno no funciona... ─mentira, todos sabemos que esa tensión gusta, es la procurada en el sexo rápìdo, muy especialmente por los hombres.

─¡Eso fue exactamente lo que me pasó! ─cayó el viejo─:  ¡No se me paró, compadre!  Me dije “Vaina, ¿qué pasa?”; la mujer estaba muy rica allí, abierta delante de mí, yo estaba engrasado de su rico sabor a cuquita... y nada.

Fin de la historia.  El hombre había confirmado su ingreso ─me dije─ a la lista de los viejitos que le hacen el amor a las mujeres sólo mirándolas, incapaces de un más allá.  Las tocan “accidentalmente”, las huelen, las miran extasiadamente...  Tal es su acto sexual, es decir, el acto sexual en la tercera edad.  La mayoría de esos señores termina siendo fetiche.  Bueno..., no hablo mucho..., todos vamos para allá.

Para terminar de saciar mi curiosidad, le pregunté al don si le había pagado los doscientos bolívares que ella le había pedido y me dijo que no, que la negra se había arrechado, y que él trató de invitarla otro día para un hotel y ella le dijo “Ya tu perdiste el chance conmigo, y ya no estás para eso, viejito”. En ese momento, cuando pronunció esa lapidación de palabras, no lo quise mirar, aunque sí sentí como su lunar tembloroso esperaba que lo hiciera.

Como ven, es una historia tristona para un donjuán.  Sentí conmiseración por el señor cuando lo dejé en el Pérez Carreño.  Le cobré BsF 45, y, cuando se bajó, en una burla loca de mi imaginación, sentí el impulso de bajarme y correr a ayudarlos a bajar, es decir, a ambos, a él y su cadáver (ja, ja, ja), no vaya a ser que se lesionen en el ínterin.

Ustedes sabrán perdonar mi humor negro, pero díganme ¿con qué otro estilo puede escribir un hombre, taxista como yo, aventurero, que sabe que en cualquier momento se puede morir en la calle?  Acuérdense que ejerzo uno de los cinco oficios más peligrosos que hay, entre periodistas, bomberos, policías y otro que se me escapa.

jueves, 8 de abril de 2010

La chica del BlackBerry recuperado y mi oportunidad perdida

Ja, ja, ja.  Hoy comparto con ustedes una curiosa nota.  No hablaré de sexo; lo prometo.  ¡Dios, hasta cuando, esta es una bitácora sobre el oficio de las cuatro ruedas!  Mezclar siempre el trabajo con los sentimientos o el sexo lo han recomendado como no deseable.  Pero ya usted sabe:  es difícil evitar.  Somos hombres y mujeres; nos miramos a los ojos, nos hablamos, nos entendemos, como vasos comunicantes, y ¡pam!, compartimos nuestras miserias... Digo..., nuestras humanidades.  Sea dentro de un vehículo o una oficina.  Los cuerpos de las personas pueden ser caros o pobres marcos de retratos, pero las almas son esencias.  Y hay mucha alma por allí que busca siempre un consuelo, no consiguiéndose ni a sí misma ni a otras.    Bueno..., en fin..., o sea…, es decir…, lo dejo.  Voy.

Ayer monté a una bella damita.  Ojos verdes, cutis precioso y como de vidrio blando...  Elegante.  Pongámosle treinta y piquito, pero en todo jovial y muy bien cuidada.  Falda, pero rodillas y piernas muy blancas.  En general, deseable.

Vea lo que le voy a contar, prometiendo no disgregar mucho hacia lo sensual el tema (o no contarle lo que ocurrió), como me lo he prometido yo mismo en la realidad a la hora de trabajar: nada de aventuras.  Tengo tres parejas en la actualidad, y ello debiera ser suficiente para saciar anhelos sensuales.   Pero les confieso, el hombre es un perro insaciable (no lo han visto perseguir a la perra en celo); lo digo porque apenas vengo de estar con una de mis chicas, al ver un apretado trasero femenino contoneándose en la calle, siento el desmedido deseo de tocar su tersa piel duramente apresado debajo de la tela del malvado pantalón.

Por supuesto, como se los dije antes:  mi oficio de taxista me permite la licencia de vivir con las tres a un tiempo.  Mi trabajo es tan inconstante a veces como diabólicamente dedicado.  Semejantes desuniformidades ─no conseguí otra palabra─ me permiten llegar y salir a cualquier hora de mi casa, donde cohabito con mis hijos y esposa.

Me detuvo en Chacaíto.  Iba a San Bernardino, cerca del Hotel Ávila, por ahí, por la Av. Los Próceres.  Le dije BsF. 50.  Estábamos cerca de la hora pico, como a las cuatro, cuatro y media.  Regateó.  Dijo que era caro.  Le bajé a 45.  No quiso.  Al fin me la llevé en 40.  Confieso que mientras hablaba con ella sobre el precio me extasiaba en el interior esmeraldado de sus ojos.  En realidad yo murmullaba mentalmente “te llevo gratis, carita de muñeca”.  Pero me dejé de eso a la final y me dediqué a realizar mi trabajo.

Para exorcizar el demonio de aquella belleza femenina respirando sobre el asiento trasero de mi carro me puse a pensar en lo tacaña y mala condición de algunas personas, que a veces como que imaginan que casi hay que llevarlas gratis.  Las cosas cuestan, mi cuate, sobremanera un vehículo, al que hay que pagarle hasta el aire que contamina.

Ella me ayudó un poco a que yo desarrollara ese sentimiento molesto sobre la miseria humana que yo quería iniciar.  Pero la miraba y miraba y seguía siendo bella.  ¡Cómo no!

Me decía que la vida estaba cara, que nosotros los taxistas, que si la piedad, que si patatán, patatán.  Ya usted debe de conocer el cuento, sin necesidad de ser taxista.  Ha sido, con seguridad, un usuario y se ha sentido renuente a pagar lo que a veces le cobran.  Lo que usted ha pensado es exactamente lo que profería aquella muñequita que hablaba dentro de mi carro.

Yo no quería mirar para atrás nuevamente.  Sabía que sus rodillas lucían hermosas, aunque demasiado blancas, como les decía.  Me apliqué al volante, mirando la carretera, mirándola nomás por el retrovisor; pero les digo que no sirvo para tanta insensibilidad.  Lucir como no soy, desagradecido de la belleza humana y antipático con las personas.  Sin embargo, me contuve.  Nada de decirle a mi manera lo bella que era, es decir, hablándole de mí para generar confianza en ella, para, inmediatamente, cobrarle hablando nomás de ella misma, como debe empezar cualquier cosa parecida a seduccion o aventura y hasta juego.  Así que me las arregle y me hice neutro, y me puse, como viejo perfilado que voy siendo, a hablar de cualquier gafedad, inventado historias, esta vez de las peripecias de una ficticia chica a quien impartía clases de manejo.

Logré que se sonriera, y hasta empezó a animarse a contarme historias de ellas, de la forma cómo había aprendido a conducir y que si patatín, patatán.  Y yo me decía interiormente, para cortar congraciarme con ella:  “¿Sí?  ¿En serio?  Debe ser siempre muy curioso y ameno presenciar cómo una tacaña aprende a conducir su vagina por las calles.”  Ustedes saben..., necedades de uno; idioteces que uno suelta en determinados momentos de la vida, lo más parecido a las ridiculeces de un borracho cuando se cree súper algo en todo.  Ni yo mismo me creía mi supercuento de despreciar a ninguna belleza.

Así las cosas, llegamos.  Pagó sus cuarentas y la dejé frente a una amiga que la esperaba, junto a una cuadrilla de obreros que cavaba la calle.

Me fui y antes de llegar a la Av. Panteón, bajando, tomé a otra chica, muy apurada por llegar al estacionamiento antes que lo cerraran. Pero antes había subido el volumen de la música y no había podido distinguir el tono de un teléfono que sonaba desde hacía ratito. Y justo muy poco antes de tomar a la nueva chica fue que descubrí que la beldad tacaña había dejado un pequeño bolso atorado en el asiento trasero.  Contenía un BlackBerry, entre otros cachivaches costosos.

Cuando insiste en llamar, que yo contesto, ya con la nueva pasajera dentro del vehículo, le digo que tendrá que esperar que termine el servicio, dirigido precisamente hacia dónde la había tomado a ella, Chacaíto.  Le di mi palabra y se tranquilizó.  Y me dije que, no obstante todo, vería de nuevo a mi belleza.

Pero siguió insistiendo, nerviosa, supongo, porque había dicho que su teléfono “era su vida”.  Llamaba y llamaba. A la final le conté la historia a la pasajera, con quien había transado una amena conversación, y le resultó muy entretenida.  Hasta le dije que hablara con ella, con la bella tacaña, en una de esas llamadas que hacia.  Y lo hizo, y le dijo que se tranquilizase, que el señor conductor mostraba muy buena disposición para llevarle el teléfono, cosa difícil en un mundo tan ladrón como el presente.

Ya libre, llamé al número último que aparecía en la pantalla del BlackBerry, por supuesto, de su mismo teléfono.  “Voy para allá”, le decía mientras conducía, “Recuerde, me pagará la carrera, tal como se la cobraba inicialmente”.   Y no podía evitar sonreír.  Las cosas de la vida.  Una tacaña bonita que decía que el teléfono era su vida, contentivo de información prácticamente existencial.  Que si esto, que si aquello, que no importaba tanto el teléfono como los datos que contenía. ¡Ah, las mentiras!

¡Cónchale, me podía aprovechar!  Pero ustedes ven: así como no puede uno dejar de apreciar la belleza de una nena, tampoco puedo yo ponerme a apreciar lo diabólico de las circunstancias.  Me había ocurrido antes.  Soy honesto en estos aspectos del dinero mal habido.  No está en mi. Varias veces me he devuelto a entregar enseres dejados en el carro, cobrando el valor de la carrera y a veces por nada, cuando descubro que la miserable persona olvidadiza siente molestia por pagar su error.  Hago únicamente trampas para acostar a una mujer, porque veo la situación como una guerra donde la posibilidad de victoria es única.  Una sola es la oportunidad para estacionar el vehículo entre sus piernas, doblegando dulcemente a la “enemiga”, tal cual como ella misma parece proponer.  El tiempo pasa y te haces viejo, y pierdes facultades y oportunidades.  La fase final de la vida es un desierto tanto del cariño humano como de la calidez sensual.

Cuando llegue nuevamente al sitio donde la había dejado, me esperaba prácticamente en medio de la calle, sonriente, hasta con la cuadrilla de obreros, a quien de seguro le había contado el cuento.   Estaba hermosa, como antes.  Pero en mi mente bullía la estúpida sensación de venganza por cobrar ─ahora sí, carajo─ mis BsF. 50.  Pensaba en lo que hace la miseria a los miserables, así se tratase de una mujer bella (aunque por miserable no debiera llamarla de tal manera).  El simple servicio de BsF.  40 se le había convertido en casi 100.  Je, je, je.

Vino a mi ventanilla y le dije que eran 50 (lo que ella sabía), con mi idiota venganza en la cabeza.  Me miró con arrobo, puedo jurarlo (por supuesto, se sentía muy agradecida; no por mi, caramba).  Me dijo “Ya le pago”.  Regresó a la puerta de su amiga y volvió.  Me dio el dinero y me miró nuevamente, durante un largo ratito (¿me explico, no?).  Dijo:

─Soy agradecida ─y empezó a meter y sacar mano de su bolso, mientras alguien de allá al frente, de entre la cuadrilla de obreros, le gritaba “¡Vete con él!”  ¡Vaya, vaya, vaya:  y yo evitando situaciones de “irse” con alguien precisamente!  Les puedo jurar que esa situación me exaltó fuertemente.  Era preciosa, estaba emocionada, agradecida, su pelo en llovizna parecía querer transformarse en tormenta sobre su cara...  Pude pedirle u ofrecerle ─mejor dicho─ cualquier cosa:  un servicio, mi teléfono, cualquier posibilidad de llevarla otra vez para verla de nuevo.  Estaba hecho si quería.  Hasta podía ofrecerle clases de manejo, según me recordé que me había dicho que no sabía conducir del todo.

Más me sorprendí cuando noté que buscaba una tarjeta con sus señas telefónicas o quizás de profesión u oficio en su cartera, pero inexplicablemente tomé los BsF. 400 que había sacado y arranqué, dándole las gracias y amablemente indicándole que lo dejase así, despreciando la posibilidad de darle un buen chance para que me pagase más a sus anchas el inefable teléfono que había recuperado. Je.

Se lo dejo a su consideración, don lector.  Sólo remato, para dejar la historia hasta aquí, con que son vivencias que te dejan los pensamientos palpitando por varios días.  No puede uno dejar de decirse que perdió la oportunidad de abrir una nueva brecha de vida en esta historia corta que es la existencia humana. Al menos la posibilidad de hacer el intento.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Sexo en la calle: apareció una pasajera perdida

Se abren nuevos espacios para este “pirata”, nuevas vias, piernas.  Apareció en la vía una amiga antigua.  Llamémosle Frigia.  Es médico, y ya tuve la oportunidad de enfermarme para que me curara.

La llevé a un hotel arabesco en la ciudad de Guatire, ese mismo que está en la vía.  Es una historia larga, y sólo les cuento lo básico.  Previamente la calenté en el carro, como es lógico, tocándole la rodillita, pasándole un dedo por sus gruesitos labios, en fin..., recordando viejos tiempos.

La desfloré hace unos años en una vía pública ─¡coño, por qué mis vainas tienen que ser así, calle de por medio!─.  Fue un momento juvenil, de arrebato.  El Paraíso, por allí, en algún rincón oscuro e improvisado de la vía.  Recuerdo mi dolor y temblor de piernas, debido a lo bajito de la criatura.

Pasó el tiempo.  Fue a la universidad y se gradúo.  Ejerce y hace postgrado.  Fuera de eso, sigue igualita la coño.  Se casó, tuvo hijos, pero ya ustedes saben lo que dicen del fuego y las cenizas.

No más de contactarla, pensamos en el sexo.  ¿Qué hay de malo?  Si yo la considero especial por ser el primero y a ella le pasa lo mismo.  Como decir, pues, tengo derechos vitalicios en ese estacionamiento, sin importar que el marido estacione allí su auto.

No tiene buen polvo.  Es torpe hasta para el sexo oral y, de paso, la coño es frígida.  Es desalentador acostarse con una mujer frígida.  Nunca la posees, porque anda perdida en sí misma.  Son incapaces de compartir un rato su alma.  Sigue igual como las primeras veces:  le duele el vientre a los embates de mi taxi.

En fin, está por allí, a la disposición de esta alma traviesa.  Se calienta espantosamente en las preliminares.  Puja, chilla, pero nunca explota, y así se va.  ¡Dios, qué pérdida!  Seguiré un tiempo con ella, hasta que me aburra y cambie de pasajera.

Mientras tanto, seguiré sólidamente con la andina pasajera que ustedes conocen, la andina, que todavía da la talla.  ¿Recuerdan?:  la misma que quiere un hijo y la cosa se la puesto cuesta arriba, dado que tiene problemas para concebir.  Pero yo sigo allí, dizque haciendo el esfuerzo y poniendo mi gotita de arena... digo de semen.

Como les dije, alterno mi vida allá y aquí, con una y otra, en una casa y otra.  Es el oficio de alguien que vive en la calle.

Eso me hace recordar lo que dicen de los gandoleros:  tienen hijos por todo el país, regados.  Pienso en eso, pero en ningún caso emulo.  Tener mujeres sí, pero hijos en tales condiciones, no.

miércoles, 22 de abril de 2009

Del aventurero aprisionado por la presa, por los momentos… Algo sobre mi.

Sí, ya sé, es fácil adivinarlo; se preguntan qué es lo que pasa conmigo, que escribo poco ahora, como dijo un comentarista en el chat.  “El carajo se estará llenando” –no faltará quien lo diga, aludiendo a la manía de puro trabajar y no dejar tiempo para el ocio que se figuran ocurre conmigo.

Pero no es así.  Ya sé que los ricos están completos y yo, por favor, con mi humilde trabajo no aspiro a tal.  ¡Por favor!  ¡Y menos trabajando diez u ocho días al mes, lo cual apenas me deja, sólo por concepto del vehículo, unos 3 mil BsF.!  ¡Por favor!   No me ofendan.  El dinero para mí, para hombre tan aventurado en tan aventurado trabajo, es una pura herramienta de momento presente, sin propósitos de atesorar nada, dado que mañana pudiera amanecer en mejor vida, encunetado en cualquier sitio.

Es la verdad.  No me gusta guardar ni pensar en el futuro.  No soy nada altruista en tal sentido, es decir, no ando por allí asegurándole el futuro a nadie más allá de lo estrictamente necesario.  No vaya a ser que me pase como a los piratas en tiempos pasados, que saqueaban (era su trabajo) y luego se iban a una isla a guardar el botín en un sitio encontrable sólo a través de un mapa, para morirse luego como unos huevones.  ¿Tiene sentido?

Yo uso el dinero presente para dos cosas, una egoísta y otra altruista:  primero para mis gustos, que ya todos los conocen (por cierto, dejé de tomar ron y ahora bebo whisky, aunque me siguen gustando las morenas); dos, para mis descendientes, para quienes soy lo suficientemente machista como para no declararme incapaz de atenderlos. (Aclaro: no mantengo (lo que se llama mantener) a ninguna mujer, ni a la propia ni a las aventuriles más allá de la aventura. Mis compañeras trabajan y ganan su dinero).

Lo demás, es decir, dinero y tiempo que sobren, se me va en más aventuras, en tratar de ser feliz con el aire libre (ese mismo que te da en la cara mientras el vehículo está en marcha), a sabiendas que ¡pum! la vida se acaba en cualquier momento.

Conozco muchos que han ahorrado y han dejado sus haberes para otros; conozco muchos (¡y cuántos!) que se han portado excelentemente como maridos y ¡zas! su mujer me invita a que le haga una “carrerita” sobre la cama.  También conozco a muchos hijos de putas que tienen una suerte de los mil diablos, con mujeres limpias, suerte con el dinero y otros macundales que la vida tiene a bien darte.  ¡Para santo un convento, para diablo la calle!

No diré que pertenezco a este último grupo, dado que no tengo la prueba científica de que mis mujeres (ojo, las legales) no me hayan hecho la jugarreta con otro vagabundo taxista de mi gremio.  Pero, caramba, te digo, que casi me atrevo a perder una mano si se tratase de una apuesta.

Lógicamente hablo de mis chicas de vida, compañeras, dos, en los actuales momentos.  Las otras son materia de diversión en la calle, en las playas, en los paseos extra-urbanos y lo infinitos hoteles (con calma, sé cuidarme de las enfermedades y me presumo de tener suficiente ojo para oler situaciones que no valen la pena, es decir, el gusto).

Y bueno, a propósito, si querían que les dijera algo de mí, les digo eso:  llevo hoy una vida doble, con dos compañeras ahora digamos “legales”, la última de quien le he hablado (una pasajera ¿recuerdan?), la misma que ansía un embarazo, y la de siempre, de quien –por supuesto- no les soltaré una flor.  ¡Ajá! Se imagina que si fuese una magistrada o política de altura se los iba a decir. ¡Que va!

Para suplir semejante tren (para atender a la “otra”, me refiero) he acoplado el horario a ocho o diez días al mes, como les he dicho, hecho que me hace confesar que todavía no me canso tan rica criatura, y cosa que sé que indefectiblemente ocurrirá, aunque no creo que me vuelva a dilatar tanto con una tan deliciosa pasajera. 

La vaina es que ahora resulta que son dos mis dolientes que no quieren que trabaje con el taxi, porque dizque me voy a morir de un momento a otro.  Pero no hago caso.  Mis oídos se han sellado a las palabras, del mismo que a las vicisitudes de las calles: el ruido, las groserías de los de más conductores, etc.  Es mi oficio, mi modo de vivir, y punto, del mismo que se era navegante, aventurero o pirata en el pasado.  Simplemente manejo.

Tengo la esperanza de volverlos a ver pronto, estimados lectores (si es que tengo uno, aunque sea uno). Estoy intentando organizar mejor mi tiempo para poder referirles mis experiencias. Siempre hay algo que contar. Estoy pensando en comprarme una computadora portátil para, mientras me paro por allí , referirles las aventuras de la calle. Ya hablaremos.

miércoles, 28 de enero de 2009

La hora en que las féminas engañan

Imagen tomada de Foro Univisión Tengo cierta complicación por los momentos.  Ando que trabajo los días de paga y los fines de semana, lo cual da algo así como diez días al mes.  Razones: tiempo.  Asuntos familiares, aunque otros de carácter aventuril.  Cuando he podido, me he puesto también a recorrer la ciudad en las mañanas, pero dos horas.

Les dejo a continuación lo que he logrado establecer respecto de los hábitos sexuales de mis pasajeras.

Uno:  las mujeres casadas, cuando complicado se les hace engañar a sus maridos, lo hacen en las mañanas, a golpe de ocho o nueve, cuando salen al abasto a buscar los ingredientes para el desayuno y también cuando nadie lo espera, mucho menos el cornudo marido (el espera el guiso en su casa).  Yo las llevo con su amante al hotel, donde entran con la bolsita de las compras, y también las busco a las nueve (una hora después), de donde salen también con la misma bolsita de compras, no sé si más llena o vacía.

Supongo que llegarán a sus casas, colocarán la bolsa de las verduras o lo que sea sobre la mesa y dirán “Papí, ya vine.  Había mucha cola”.

Dos:  las carajitas, que no pueden escaparse de los padres quedándose por ahí en la noches, van al hotel con sus tipos a golpe de tres, cuatro o cinco de la tarde (una hora también), de donde salen de nuevo como si nada.  Yo las llevo y las traigo y, por supuesto, oigo toda la conversación de las jugarretas que les hacen a sus “fastidiosos” papás.

A diferencia de las mujeres casadas, que salen con una bolsa de los aliños que supuestamente salieron a comprar, estas chiquitas salen con un teléfono nuevo o una tarjeta que el galán les compra.

Los primeros días que detecté esto no lo creía.  Pero la vaina ha tomado forma y parece ahora el uso. 

-Señor, por favor –me dicen descaradamente las bichitas-, suba los vidrios.  ¡Papi, cuanto quería verte! –mientras se le lanzan en los brazos a su galán comemuslos.

Yo no digo nada ni reprendo.  Muchos mariditos por allí no saben que yo también les como la pierna de su pollo.  ¿Me ahoracaré yo mismo criticando al mundo!  No, no.

miércoles, 16 de julio de 2008

Un día de trabajo bajo la lluvia y los maravillosos pasajeros

Imagen tomada de Google Imágenes Ayer cometí una falta.  Lluvia lenta en la ciudad, tráfico congestionado, pasajeros con dinero en el bolsillo, intentado convertir un día martes en una fiesta, a pesar de los signos adversos de la tarde.  Era día de paga. Fresquito, saliendo del estacionamiento, tomo desde el centro una pareja hacia La Vega, quien venía molesta porque el anterior taxista pretendió cobrarle BsF. 40, dada la lluvia y las colas.  Me preguntan y pactamos por 30.  Se montaron corriendo y ya a poco trecho me dije no que la carrera fuera barata, sino que no debió hacerse nunca.  Había cola en la cota 905, llegando a la entrada de La Vega y en La Vega misma.  Llegaron hasta la PTJ, por la vía principal.   (Nada más faltaba que los llevara hasta su casa, allá en el nº 514 de la curva del diablo, después de 102 escaleras, por la módica suma de BsF. 30, y una probable rebaja de 5).

Después me fui hacia la avenida Páez del Paraíso, con el ansia de quien quiere ver un claro en medio de la barahúnda vehicular.  Y en efecto, fina estaba.  Allí tomé una parejita hasta el Sambil; BsF. 40.  No se lo podía creer, como yo tampoco me lo quise creer después que pretendiera yo mismo llevarlos hasta ese lugar endiablado.  Era otra de esas carreritas que no se hace.  Todo hueco estaba tapado.  Los estudiantes habían trancado la Plaza Venezuela con unas protestas.  Era la hora de lucifer citadina.  Y me dije:  "Definitivamente, Juan, hoy no te bebiste el café acostumbrado para despejar el cerebro, pequeñito hoy".  Cuando no falla el automóvil, lo hace el chofer.  De sobra estoy alerta contra estos descuidos y, sin embargo, véase cómo cae uno en la rutina de los descuidos.

Pero lo que vino fue mejor, ya con una dulce ironía.  Después de dejar a los culones que iban al Sambil en Plaza Venezuela (no se aguantaron la cola en la avenida Libertador y pelaron por el Metro), me di de frente con una doncella que iba súper apurada.  Me rogó que me detuviera.  Me instruyo para que la llevara al Helicoide en tiempo record.  Su desflorador la esperaba ahí en la sede de la Disip y al parecer no tenía mucha paciencia.  Me contaba por el camino que en su trabajo se enredó con el maquillaje y que por eso iba tarde.  Que nosotros los hombres éramos una plaga de impaciencia. La detallé a la pájara, y estaba rebuena, pero no tuve pensamientos donjuanescos porque iba ella en afán de amor, como se ve.   Le cobré BsF. 25, desesperado ya por hacer un viaje sin colas, o por lo menos más aliviado, o con destino más cercano. En fin, por alejarme de la candela del trafico.

Bueno, llegué frente a la UCV, me comí una flechita que hay allí en la Plaza de las Tres Gracias y me salté una monstruosa cola de la avenida Roosevelt; salí hacia la altura de la iglesia San Pedro, accesando el túnel del principio de la avenida victoria y ¡pum!, ya había llegado.  La bella chica quedó encantada; pago con BsF. 50 y no esperó cambio.  Salio volada de mi unidad, prodigándome una sonrisa preciosa de agradecimiento.  "El cambio es suyo".  Tardé 10 minutos, de modo insólito.

Seguí dando vuelta, pero deplorando de tanto pasajero miserable que uno se consigue en la vía, comparándolos con capítulos sabrositos como éste último.  Con pensar que la parejita que iba al Sambil o a La Vega vinieron siempre con la actitud de que se les estafaba (¡qué bolas!), se tiene para botar la bilis un rato.  ¡Si esas carreritas, hijos de sus madres, ni con BsF. 80 cuadran al bolsillo de la justicia, si vamos al caso!  Mejor dicho, nunca debieron ser tomados, de lo poco conveniente que resultaban.  No existen precios altos en el cobro del servicio taxístico; existen carreritas que no deberían hacerse y punto.  Que el conductor tenga buen tino es lo que hace falta.  Y el cliente que no quiera tener sentido común, que imagine que vive en un paraíso de lugar, ¡que se joda!  Los he oído exclamar en lugares peligrosísimos  "¡Aquí es sano; todos me conocen; nadie me hace nada; llevo 50 años!"  Y yo en la mente:  "¡A tí, huevón, que no debes valer un atraco; lo que soy yo, no vuelo porque manejo un carro!"

Pero vea mejor la "lluvia de los descuentos", como quieren llamarla los pasajeros.  Quizás no se deba ni trabajar ni tomar taxi en semejantes condiciones; pero si se hace, ¡coño, piénsese y aguántese!  (Video tomado por "La Flecha", un pana a quien le pedí grabara el aguacero), pleno centro de Caracas.  Lo que no se ve al fondo es el madre Ávila.

jueves, 3 de julio de 2008

Meando la pata del Ávila y una de patrulleros metropolitanos

Imagen tomada de Wikimedia Commons Las lluvias han saboteado el trabajo.  Mucho tráfico, calor, además del agüero.  La pesca y repesca no ha estado de lo mejor, en consecuencia. Saliendo en las tardes −como salgo−, mirando las madres de colas que se forman, resuelvo de lo más tranquilo ir a tomarme un café hacia los lados de San Bernardino, esperando que pase el vaporón. Nadie espera por mi como para que me desespere.

Por allí el aire es frío y se puede sentir la libertad de andar sin sentirse internado en una jungla de vehículos.

A ratos añoraba otros lados del país, donde uno puede desplazarse a gusto (aunque no del todo debido al sol).  Volar, si se puede afirmar, dado que aquí, en las calles de Caracas, uno se la pasa prácticamente pegado a  un punto de la carretera.

La situación parece susurrarme al oído "Trabaja de noche, trabaja de noche"; pero yo me resisto, desde que dije que trataría de no aventurarme en lo oscuro.

Los pasajeros han estado de los más patanes.  A estas alturas de la vida, pretenden los miserables que nos enfrasquemos con ellos en una cola kilométrica por BsF. 20, como si estuvieran muy buenos ellos (¡epa, ya saben, con una mujer no importa!).  En tales trances, corto por lo sano.  Los dejo ahí, mojándose y me voy a gastar a la cafetería los BsF. 20 que no he hecho.  Como ya les he dicho, también, la gente más miserable es la de los lugares más caros, los que se montan en tu vehículo y empiezan a presumir de ser "dueños de mundos y vidas".  La gente pobre paga gustosa el gasto, brinda si se siente alegre y por poco casi te ofrece sus mujeres.  Bueno..., exagero un poco:  el objetivo no es la ofensa sino el reconocimiento de una calidad de humana.

Los pasajeros más miserables son los chinos:  pagan lo que le dan en la caja para que paguen.  No hay modo de subirles la tarifa.  He llevado unos cuantos a sus restaurantes, pero primero me pienso con detalles la ruta para arriesgarme por un BsF. 20, que es la tarifa mínima.

En fin, llueve y no escampa.  Y de café y de torta me estoy llenando, bajo la sombra de los árboles viejos de San Bernardino, mi lugar de flojeo.  Por cierto, en una de esas, de exceso cafeínico, tuve deseos de vaciar la vejiga y, paseante como me sentía, se me ocurrió irme a la Cota Mil a orinar, tal vez para acercarme un poco más a la sabrosa montaña del Ávila.

Pero el asunto no me salió tan placentero como lo imaginé, o por los menos no me dejaron descargar el chorro como dios manda.   Unos patrulleros metropolitanos se estacionaron delante de mi vehículo y no me creyeron que yo estuviera saciando una necesidad, a pesar que −hay que decirlo− casi me veían el pajarito.  Querían sacar algo, específicamente de mis bolsillos.  Eran dos, y uno de ellos me dijo que no creía del todo que yo estuviese orinando únicamente.  Le pregunté que se le ofrecía y él, así, como si fuese un deporte para ellos, me pidió que sacase mis pertenencias y las pusiese sobre el carro.

Me sonreí, porque un hombre como yo, podrido de calle, no suele llevar nada encima sino una cartera portadora de los documentos.  Ni reloj, ni cadena, ni brazalete; apenas un celular de BsF. 800 y una botas que me costaron 350.  Y el celular lo más disimulado posible, forrado con una transparencia no muy presentable ni llamativa, pero protectora.  El dinero es difícil ubicarlo.

El agente se desilusionó cuando saqué mi cartera y le pregunté si quería ver mi identificación.  No lo creía.  Parecía buscar algo (¿qué sería?), e hizo el amago de registrarme.  Le dije que le podía mostrar los papeles míos y los del carro, pero que no me registrara porque no tenía acusación definida contra mí.  Me miro y se sonrió, desistiendo en el acto, y en el momento sentí la mirada del que esperaba en la patrulla (muy destartalada y humeante).  Algo me preguntó que no entendí, quizás porque estaba evaluando yo la soledad del sitio.  Si les hubiera dado la gana, en la soledad de la Cota Mil, actuando como actúan los cuerpos policiales asesinos de los tantos casos que uno lee en la prensa, podrían haberme pegado un tiro, tranquilamente…

Pero no era para tanto.  En ningún momento hubo nada hosco que no fuera el rostro de trasnocho del conductor de la unidad.  Diciéndome que mataban a muchos taxistas en la ciudad, el de afuera montó en su unidad y se fueron con sentido a la Av. Baralt, parte alta.

Y yo, con la sensación de no haber podidos saciar a gusto y completamente las ganas de orinar (era lo que me importaba), me fui otra vez hacia los lados de San Bernardino, esperando la baja del tráfico y la lluvia.

viernes, 13 de junio de 2008

La mujeres "fáciles" de mi vida: las pasajeras

Imagen tomada de Fusión Cultural Una vez una lectora me comentó que era fácil pensar que mis chicas −más que todo las pasajeras− eran igual que la palabra:  fáciles.  Ello, quizás, por la cantidad de anécdotas contadas así como yo las cuento, con la facilidad con que tomo un vaso de agua.  Pero ¿qué se hace?  La vaina es cierta.  Si son putas lo serán de tal modo que yo no las pillo.  Como he narrado, hasta sentimentalmente me he implicado con algunas.  De hecho (para muestra un botón) hoy mismo intento embarazar a una, visitándola periódicamente a su casa, estando al tanto de su vida (imagino yo), no imaginándome que tenga tiempo de negociar con su órgano sexual reproductor en su tiempo libre sin mí.  De hecho, no la veo preocupada desmesuradamente por el dinero:  yo no le paso un centavo, a menos que me pida expresamente, cosa que es de lo más raro.

Claro, tampoco he descubierto a otras que en su tiempo libre ejerzan de santas, o se tiren un polvo santificado con un cura.  No, no; no lo he visto.  Son mujeres corrientes, como tu que tienes un marido y de vez en cuando lo engañas; o como tu, hasta el copete de problemas, estresadas, olvidadas de su propia sexualidad, cosa que hombres como nosotros (vulgares callejeros) tenemos el don de intuir y de "ayudar".  O como tu, mujer engañada por tu marido, que buscas en un desconocido la ejecución de un plan de venganza; o como tu, pervertida, tal vez putita sin saberlo, que gustas de complacer fantasías; o como tu, que no te has casado todavía, pero que coleccionas una sarta de experiencias amatorias que poco a poco te van ilustrando la vida.  Chicas que andan todos los días por la ciudad, buscando el formato aceptable de la vida, con deslices ocasionales. 

Toda mujer referida ha estado ligada más al vehículo que a mi oficio de taxistas; me explico:  se montan en él, sean pasajeras o no.  Ya les referí unas cuantas salidas que tuve con unas primas en Bolívar y con unas vecinitas.  ¿Putitas? Quizás: me daban su cuerpo por nada. Imagino que serán peores…

Pero una de las conserjes (ha habido varias) de mi edificio jamás se montó en el vehículo.  No le gustaba.  Prefería las solas paredes de su apartamento, donde vivía con un muchachito.  Para mi era mejor, porque no gastaba.  Le hacía el amor ahí mismo, cuando iba a reclamarle algún rollo con el gas o con la correspondencia.  Simulaba molestia y, cuando menos alguien pensaba, ya estaba en su cuarto siendo apaciguado en mi furia.  Y esto lo cuento para aquella fémina lectora que insinuó rarezas sobre la condición "mandarina" de mis chicas.  No recuerdo haber gastado una puya en ella, aunque si recuerdo haberla usado...

Por cierto, digo que esa experiencia fue de lo más extraña.  Mi relación con ella era estrictamente animal, sexual, rápida cópula en una habitación en penumbras.  Siempre estuvo acompañado de tensión, porque había el riesgo de que un habitante del edificio se presentase (quizás también para arreglar el gas; nunca se sabe. Así complazco a mi suspicaz lectora).  Nunca tuve problemas.  Pero lo extraño es que nunca la valoré de una manera más sensual hasta que la vi una vez caminando en la calle.  Casi me da un infarto.  Se veía extraordinaria de buena, mejor en la luz, casi provocándome hacerle el amor en la vía pública, para exagerar un poco.  Era tipo india, baja de estatura, pero de esas mujeres bajitas que están completitas.  Sin mucho seno, su culo era el protagonista del cuerpo.  Sus piernas eran macizas, y todo el sector de las rodillas para arriba, hasta su vientre de bailarina, era un verdadero paraíso. Por ese territorio muchas veces me coleé al cielo.

Como pueden imaginar, después quise ponerme más cachondo con escenas más atrevidas, de modo que mis sentidos visuales se complacieran.  Pero ella nunca lo comprendió:  siempre quería tener su muerte dulce dentro de su habitación en penumbras.  ¡Qué lástima de culo −me decía yo−, sin el auxilio de la luz del día!   Mujeres de mujeres.  Ahora mismo estoy recordando (ya ella se fue) que sí, una vez tuve un gasto con ella:  le brinde un café con leche en una panadería de El Silencio.

Me gustaría que mi curiosa lectora me explicase si no fue la soledad u otro problemita de sociedad la que llevó a esta bella damita a compartir sus placeres conmigo, sin necesidad de andar cobrando "el cochino dinero". Yo la recuerdo con gran fruición y hasta con ternura, si eso sirve para no estar valorando nada más la carne en las mujeres.

Pero les digo otra cosa:  tomando todas las protecciones, y sopesando a fondo el cuerpo que se vende, no me cierro a cumplir una fantasía con una estas mujeres de los placeres.  Aunque me cuesta mucho, lo confieso.  Porque cuando andas en la calle, donde descubres lo vulgar por doquier, terminas mirando lo que otros no ven cuando les llega la oportunidad de drenar sus placeres.

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martes, 3 de junio de 2008

Buzón de desperfectos citadinos

Quizás sirva para algo, tal vez para resolver por lo menos un problema.  Con la modestia que da tener un blog no tan visitado, abro en este post una sesión digamos de denuncias, con una ventana permanente en un lugar de la página.  El objetivo es la ciudad, naturalmente, es su aspecto tráfico, como se comprenderá.  Semáforos, funcionarios, abusos, lo que vaya delineando la experiencia.

Por lo pronto empezaré con llamar la atención sobre un semáforo en mi zona favorita de trabajo, el centro.  El mismo se encuentra en la esquina Maderero de la Av. Baralt, trabajando perfectamente durante el día hasta que ¡zaz!, se queda en rojo por un lado y verde por el otro a eso de las ocho de la noche.  Aquello es una tortura.  Lo digo yo, que me bebo de vez en cuando unas cervezas en un bar de la esquina.  ¡Conchale, aquello es insoportable!  Lo pongo aquí para iniciar la sesión de denuncias, poniendo un granito de arena para arreglar la ciudad.  ¿Qué tal?  ¿Malo?

En la esquina ya he visto unas cuantas trompadas entre enfurecidos conductores.  No es para menos:  allí se forma una sampablera de atronadoras cornetas.  Es claro que el comisario general de tránsito terrestre no vive en uno de los edificios aledaños, dado que el dicho semáforo no se cansa de formar escándalos.  Ahí se los dejo como reporte:  ¡caramba, arréglenlo!

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Semáforo de la esquina Maderero, Av. Baralt, defectuoso a partir de las 8:00 PM

¡Es tuyo, Tránsito!

 

 

 

De día la esquina es una belleza, ordenadita. Pero en la noche..., vea abajo.

lunes, 2 de junio de 2008

Una de policias, transformistas y farándula

¿Qué les pareció?  Ahora me metí a adelantador de decisiones gubernamentales.  ¿No les venía hablando de que los motorizados se han convertido en una especie de plaga citadina?  Antes éramos nosotros, los taxistas, los bichos rudos de la calle; ahora son ellos, suertes de voladores mosquitos que saltan por aquí y por allá sin respetar a nadie.  Les dije que había presenciado cómo uno de ellos había atropellado y muerto a una doñita que iba con su nieto cruzado la calle, con luz de paso para ella en el semáforo.  También les hablé del magnífico trabajo que estaban haciendo los fiscales en el Municipio Libertador, donde acabaron significativamente con la trancas, pero a precio de arriesgar su pellejo ante el hampa.  Les decía que trabajaban solos, sin armamento, sin apoyo policial, sin el respeto debido como autoridad por parte de los peatones, buseteros, taxistas y, especialmente, motorizados.

¿Y saben qué? Los tipos −los motorizados− han terminado convertidos en algo peor que plagas ciudadanas:  ahora asaltan a los fiscales, les quitan los celulares, abusan de ellos, les tiran tubazos, los intimidan de cualquier modo sólo por el hecho de que les cortan la inspiración de andar jodiendo a la ciudad con su atronador desorden infractor.  ¡Es un colmo!  Ya decía yo que el trabajo de estos señores, así solos como los zumbaron a trabajar, sin apoyo policial, había sido una brutalidad.  Tienen que trabajar en conjunto con funcionarios policiales; tienen que estar acompañados de una unidad motorizada para meter en cintura a los abusadores motorizados.  El problema del vandalismo motorizado se resuelve con unidades fiscales o policiales motorizadas.  Por ello, comisario del Cuerpo de Vigilantes de Tránsito, póngase las pilas y diseñe un método móvil de apoyo a esos tremendos trabajadores del tránsito que están en las calles.  Ese cuerpo móvil debe ser capaz de alcanzar al infractor aunque se lance en huida hacia la autopista Francisco Fajardo.  Autoridad y orden  son una sola cuestión.  Usted, lector, vea la noticia en "14 fiscales han sido robados por motorizados en tres semanas"

En fin, no me extraña que de tanto andar nosotros los taxistas en la calle detectemos los problemas.  Lo que pasa es que perdemos la capacidad de asombro y los problemas terminan siendo como los pasajeros, el pan nuestro de cada día.  Sabemos de política, de farándula, de damiselas, de motores, de la humanidad en general.  Claro, en nuestros términos específicos de bruscos hombres de la calle, come carreteras, suerte de esponjas de la eventualidad exterior citadina, aventureros de las siete plazas −y de las siete putas también−.  Yo, en particular, tengo anécdotas diversas, si vamos al caso; unas de políticos −que ni a balazos cuento−, las de mujeres −que son mis favoritas y que son las más de este blog− y las de farándula, de las que ahora mismo me viene a la mente una anécdota.

Imagen tomada de evisos.comEl otro día tomé en la Av. Libertador a un pajarito de esos que vuelan con las plumas de atrás.  Me pidió que lo llevara con urgencia hacia Parque Carabobo, dizque porque había olvidado una herramienta de trabajo.   No me imaginé qué era.   Durante el trayecto, después de hablar del trabajo −cosa que yo oigo con la mayor naturalidad porque así se inspira confianza al que habla−, empezó a soltar prendas, sorprendentes vivencias de estos hombres que viven como mujeres, cobrando por favores sexuales y venta de placer.  Mi transformista habló y echó pestes de la Policía Metropolitana hasta el cansancio, diciéndome que eran azotes, que le tumbaban el dinero que tanto sudor de atrás les costaba, que se los llevaban y los asustaban... que los odiaban.  ¿Para que más insultos?

Tal situación los había llevado a hacer unas triquiñuelas, como esconderse el dinero en el trasero, justo ahí adentro, para que los funcionarios no se lo quitaran.  Pero ni así se escapaban −me decía−, porque los obligaban a desnudarse y a agacharse para la requisa, como hacen con las mujeres en la cárcel cuando buscan drogas.  Ni un billete se salvaba.  Yo me dije "Bueno, sos gajes del oficio, así como cualquiera".  Lo veía de arriba abajo, con sus uñas arregladas, su extraordinaria cabellera, su maquillaje, y me dije que tal indumentaria era su uniforme de trabajo, al tiempo que su parapeto para su perversión sexual, cosa con la que no meto, pero que miro con ojos asombrados.

Le pregunté sobre el dinero y obtuve algunos detalles.  A los policías hay que darles su mesada cada día que se trabaje, porque de otro modo no se logra el "permiso".  Me dijo que a veces les quitan millones cuando los agarran juntos.  Me dijo que un cliente oscila entre los BsF. 300 y 500, pero que veces con los regalos de los viejos ricachones, se redondean los 1500.  Tienen sus clientes, saliendo también a veces favorecidos por el azar.  Me habló de otras tantas perversiones que no vienen al cuento, por lo hoscas e incómodas para algunos.

En fin, me soltó una prenda sobre un conocido actor de televisión que trabaja en XXX, uno de sus clientes favoritos, quien "la" busca semanalmente para complacerse porque se siente acuciado por la esposa, a quien tiene que "cumplirle".  Me reí bastante, primero porque el transformista incurrió en el lugar común de decirme que me contaba el secreto porque era un taxista y nunca más me vería −cuento que ya me parece técnica de los pasajeros para soltar el buche−; y segundo, porque el actor en cuestión es admirado de una compañera sentimental mía.  Todavía me acuerdo y me río.  ¿Qué qué hacían el galán y el transformista?  Bueno, primero uno y después el otro, y a veces trencito...  Mejor no digo más porque no es mi especialidad.

Les cuento que cuando me fue a pagar puse cara de asombro cuando vi el billete, pero en el acto el tipo brincó y me dijo "Tranquilo, que no me saqué de allí".  Seguí riendo.

Hablando de mí, de este taxista aventurero, las novedades son las mismas de siempre, cosa que −como se ve− ya no es novedad alguna.  Más bien rutina.  Distribuyo mi placer entre tres domicilios, por los momentos.  La andina, Mariú y mi otra compañera.  Sólo así puedo continuar, si aburrirme, este oficio que llaman vida.  Sigo en deuda con ustedes −si es que tengo lectores por ahí−:  hace un tiempo les dije que tengo que irme a Guatire a buscar a otra catira que tengo allá, por ahora abandonada.  Ella sería la variación de mi situación actual.  La salida de la rutina con las tres chicas presentes.  El papagayo un poco más complicado, pues, como a mí me gusta.  Ya les contaré cuando haga el intento:  la idea se me ha convertido en una fijación para la cual no he tenido tiempo.  Pero ya llegara.

sábado, 24 de mayo de 2008

El tráfico en los municipios Libertador y Chacao desde el interior de un taxi

Imagen tomada de Automotriz.net He estado pensando en algunas particularidades del tráfico en la Gran Caracas, es decir, en toda Caracas.  Tiene sus cosas notables, según se mueva uno de un municipio a otro.

Por ejemplo, considérese lo siguiente:  el Municipio Chacao, donde me la paso contra mi propio gusto, dado el terrible tráfico en ese lugar, está considerado uno de los municipios más organizados −y lo es a no dudar−, pero en materia de tráfico vive una derrota.  Y no es pesimismo ni ánimo de hablar de modo deportivo:  es la verdad.  Ese lugar es un paso obligado de una gran masa de vehículos que se dirigen o hacia Petare o hacia Prados del Este, imposibilitados de transitar inmediatamente por la Cota Mil o la Autopista Francisco Fajardo. Es el embudo de un conjunto de vasos comunicantes. Nada más con la avenida Libertador, llenándola permanentemente de vehículos, tiene para atosigarse.

Allí se ha ensayado una variedad de medidas, siempre bajo el telón de fondo de una policía municipal muy numerosa y omnipresente.  Nada malo, por cierto, por más que se tenga la sensación del control severo.  La última medida fue el famoso Plan Pico y Placa, de paradas por día según los números de las placas, un fiasco, por cierto.  De nada valió el esfuerzo, porque, a decir verdad, la diferencia no se notaba.  Lo que se vivía era peor:  angustia por causa del severo control policial y el mismo tráfico de siempre.  Lo que dejó fue una pila de usuarios del municipio enfadados por las numerosísimas multas.  Yo mismo, si haber recibido una, lo reconozco:  en mi mente está, como una estampa, la típica imagen del vehículo aparcado a la derecha con su respectivo fiscal pegándole la boleta.  Sé que en esos momento a uno no le interesa el dinero a pagar; importa más el momento presente, la ansiedad por llegar a casa, la aventura de cómo sortear el misterio aterrador del tráfico.  En esos momentos manejar no es ningún placer para nadie.

Ya sabemos que la medida de Pico y Placa fue derogada por otro famoso abogado (o abogados: los Garantón, padre e hijo), del que se dirá la agarró con los jóvenes alcaldes del este:  el de Chacao y Baruta.  En los dos municipios la medida fue levantada.  La argumentación es de carácter constitucional:  no se puede obstruir la libre circulación en el territorio nacional, como lo hacía la medida Pico y Placa.  Así que, pues, otros dirán por otro lado, a cargar con el problema del tráfico de modo natural, con la misma libertad con que en la naturaleza circulan las hormigas.  Estoy de acuerdo:  que cada quien saque sus carros, pero que se diseñen leyes y se implemente más bien una cultura del respeto y orden.  Siento que en Caracas, a pesar del ingente tráfico, es posible lograr mucho con ello.  ¡Cónchale, si todo el mundo se para antes de la línea de rayado para que los culones atraviesen la calle, te digo que es bastante!  Seguramente habrá que implementar otro tipo de medidas, ensayar con ellas, como por ejemplo, la del premio en vez del castigo, dado la muestra de que este sistema como que no ha soltado los resultados esperados.  Hay mucho con qué experimentar.  A usar la cabeza. Por supuesto, el control se debe suponer permanente, sin que necesariamente se convierta en una pura represión.

Yo, a pesar (como dije) de utilizar Chacao contra mi gusto por causa de mi trabajo, guardo sin embargo reconcomio con las autoridades locales.  Me molesté mucho cuando, después de que un tribunal ordenara la derogación del Pico y Placa, noté cómo parecían las autoridades locales afanarse para entorpecer el tráfico.  Objeciones por doquier, desde patrullas paradas aquí y allá, pila de escombros, semáforos estropeados o cualquier otro invento para entorpecer el tráfico.  Como si se buscara enfurecer a las masas, demostrándose por fuerza sobrenatural que la medida era buena y que su prohibición estaba acarreando las siete plagas de Egipto hacia los ciudadanos.  No estuvo bien el pase.  Perdió puntos el alcalde por ese lado.  En mi gremio a nadie el asunto le sacó una sonrisa.  Si se buscó enfurecer a alguien, se logró, aunque no del modo esperado:  el conductor en general sabía que el amontonamiento vehicular se debía mucho a la malcriadez de factores políticos, tema por cierto que no toco, según me ha enseñado mi oficio, es decir, los pasajeros, es decir, soy del bando político del que sea el pasajero que me va a pagar la carrera.  No tiene sentido andar peleando dentro del vehículo, cuando más bien se pueden cultivar amigos y ¡amigas!

A la autoridad del municipio la cosa se le complicó cuando en el municipio congestionado por antonomasia, Libertador, el tráfico empezó a mejorar sin otra medida que inundando las calles con fiscales, desarmados ellos, fiscales de oficio, los del ministerio de transporte, nada que ver con policías municipales.  Los sacaron en cambotes, de a tres y hasta cuatro por esquinas, poniendo el orden en los cruces, a los motorizados plagas, a los taxistas abusadores, desinflando o inflando las calles requeridas, hasta sin radio ellos.  Fue un balde de agua fría para quien somete a su municipio a severas medidas de pare y de multas a granel.  El centro de Caracas, lugar milenario del desorden, de buhoneros, de colas endiabladas, de gente hasta caminando por el aire, se transformó con la medida.  Sacaron a los buhoneros y ya fue bastante; pero después el control del tráfico con los fiscales ha mejorado la calidad de vida de la ciudad, notablemente.  Ello da esperanza para arreglar las cosas sin más medidas de presión (las multas)  que la vida misma y el tráfico que vivimos.

Yo, que más a gusto me he sentido siempre dentro de las cosas complicadas, aunque siempre me queje, encuentro ahora que mi asiduo lugar de trabajo (el centro) se mueve ligerito, de allá para acá, de acá para allá.  Faltando mucho más, a no dudar.  Por ejemplo, patrullas motorizadas que persigan al abusador, porque veo que a los fiscales muchos no los respetan y se "dan a la fuga" cuando cometen una infracción, generalmente autobuseros y motorizados.  Un policía o un fiscal motorizado tendrían que hacer el trabajo de perseguir al infractor.  También a esos fiscales les hace falta el necesario radio de comunicación, quizás un armamento para inspirar el necesario respeto por la autoridad.  Tengo fresca la imagen de un fiscal llamándole la atención a un motorizado, fiscal luego corriendo porque el motorizado lo perseguía con un tubo para golpearlo.  ¡Por favor!  Si los funcionarios trabajan y ponen orden, deben recibir el apoyo de sus autoridades directoras. Por aquí hay una gran falla: policías y fiscales se tienen que apoyar.

En fin, no culpo a la autoridad de un municipio u otro.  Sé que el tráfico en Chacao es monstruoso, requiriéndose con toda seguridad segundos pisos viales o lo que sea que ayude; pero de siempre hemos sabidos que en Libertador los problemas como que no tenían solución y ¡vea como con unos simples arreglos la cosa mejoró!  ¿Qué habrá que hacer para Chacao?  Está por verse.  En Libertador el trabajo que se hace al presente es bueno celebrarlo, no teniendo que andar nomás con la criticadera.  ¡Será porque ese lugar siempre ha sido un infierno y un leve arreglo suena a cielo, haciendo fácil el trabajo de dar la impresión de mejoría! En Chacao es esfuerzo es innegable, sólo que en la materia el pie no ha dado con la bola.   Claro, nadie dice que en mi lugar de trabajo preferido las cosas sean mejores; caramba, no vivo en otro planeta:  es innegable la diferencia de asfaltado, de higiene, de cultura de respeto y orden.  Nadie niega que la contaminación sónica es infernal ¡pero es mi área preferida, pues, donde me la paso la mayor parte del tiempo (La Candelaria, la Av. Urdaneta, San Bernardino, la Av. Baralt)!  Allí hago mis cobres y me debato entre el trabajo y el placer. ¡Ah, las caraqueñas!  Quizás se deba a que ése es el ambiente que sintoniza con mi naturaleza relajada, bochinchera o aventurera.  Soy taxista, recuerden, y rifo mi vida a diario cuando trabajo:  eso te hace ver las cosas de diferente manera, buscando espontáneamente el ajetreo y abominando de las aguas tranquilas.  ¡Cuando arreglen el centro de la ciudad, de manera que no haya ni siquiera ruidos, a lo mejor me marcho hacia otro sitio más desordenado!

jueves, 15 de mayo de 2008

¿Un taxi subiendo por las escaleras?

Mi parientes se fueron de viaje el fin de semana pasado.  Yo, que  soy libre, quedé más libre.  Se pueden imaginar cómo me sentí.  Un vagabundo con el mundo más abierto para andar.  Me moví de aquí para allá y allá para acá en el apartamento.  "¿Salgo o salgo a la calle?", me planteé como burlesco dilema, no quedándome otra solución -como cabe esperar- que lanzarme raudo a la calle.

Y no es extraño.  Mi actitud recelosa hacia mi propia persona y en la calle, se enmarca en la reflexión última escrita en esta bitácora (vea Remordimientos de conciencia).  Me dije "¡Caramba,  me voy a portar bien!  Reuniré un dinero (no más tías de irresistibles sexos) y se lo gastaré al vehículo, que tiene la tapicería que ya empieza a dar miedo".  Y no es para menos, si se trata, prácticamente de un cuarto de hotel, oliente a humedad, cervezas derramadas y otros fluidos.  Es una pena... que da gusto.

Por cierto, a propósito de aventuras dentro del vehículo, la semana pasada me fui hacia El Valle a hacerle un servicio al vehículo, un cambio de filtro de gasolina y otros detalles.  Mientras el tipo arreglaba, me hablaba, con la actitud quizás de aquel que al arreglar carros, sabe todo sobre el tema.   Habló y habló hasta que concluyó que era pavoso acostar mujeres dentro de la unidad de trabajo.  Le oí sus peroratas, pero internamente me sonreí.  Como ustedes ya saben, dentro de mi carro ha ocurrido de todo.  Me  llega ahora mismo el recuerdo de mis desórdenes con una prima, allá en Puerto Ordaz (mira la historia en Yo y el taxi, mi taxi y yo).  ¡Dios mío, que no ocurrió dentro de ese cuarto!  (Y hablando de aventuras, un poquito más abusivo de lo que soy, les paso este link que recién acabo de mirar en la Internet, no apto para menores, por supuesto, donde aparece una tía haciendo travesuras con un vehículo como el mío, un Cielo Daewo:  poner link)

Como decía, volviendo al viernes de la semana pasada, trabajé hasta tarde, tan tarde que no encontré estacionamiento abierto para cuando vine.  Me fui hasta el de la Plaza La Concordia e hice una cola allí para cuando abrieran, pero me cansé, casi me duermo en el carro.  Era una noche peligrosa, como la de todos los viernes en la madrugada, con gritos de borrachos, rameras y recoge latas por doquier.   Tenía escondido en mi cuerpo Bs.F. 700.  La sola contemplación de la plaza nada más, con su enorme árbol en la esquina, con su enorme oscuridad también, era para como para pensar en las películas de terror.  Me cansé y me fui, llevándome el carro hasta el frente del edificio donde vivo.

Allí lo aparqué y me prometí levantarme temprano, antes que los fiscales, para que no me ocurriera lo del remolque de la vez anterior.  Y así lo hice, pero ¡zas!, ¿cuál fue mi sorpresa?  Un nuevo robo.  Los habitantes de la noche se llevaron (nuevamente) mi radio reproductor, partiendo un vidrio de la puerta  trasera.  Ahí no importó nada, ni alarma ni vecinos asomados ni policía que transiten por las calles.  ¿De qué sirve una alarma cuando en la calle, esa misma noche, habían otras activadas, toda la noche?

No, no es como ustedes creen.  Después de tanto vivir en la calle, no se me va ocurrir dejar el equipo en la parte delantera el carro.  Nada de eso, caballeros, los pajaritos nocturnos lo sacaron del maletero, violando el asiento trasero para llegar hasta él.  ¿Qué les parece?

En fin, nada que ya no me hubiera ocurrido.  En efecto, me levanté temprano, fue hasta el vehículo, me lamenté un rato y terminé yéndome a El Cementerio donde un amigo, colocando el vidrio.  Bs.F.  100.  Le compré otro equipo, otra vez, gastando el dinero con el malestar de aquel que se quiere castigar por andar con inventos.

¿Se dan cuenta?  Hice unos cobres pensando como un tipo que se quiere portar bien, cometiendo nomás el pecado de la imprudencia de quedarse hasta tarde en la noche.  Véase lo que ocurrió.  Me pongo a pensar a veces que no hay gran diferencia entre "buenos" y "malos, porque nadie ni celebra ni escarmienta las acciones  (me refiero a un dios, lógicamente).   ¡Cuánto malandro e hijo de puta no hay por allí viviendo sin rendirles cuentas a nadie, viviendo hasta tiempo que los gafos que deciden "ganar puntos con el cielo"!  ¡Al diablo!

Como se comprenderá, mi reacción fue la tirar a los mil diablos mis precauciones.  Me desaté un poco más de lo habitual, trabajé un rato, reuní dinero, bebí en día y me instalé después en mi habitual sesión amorosa con Mariú, quien ya me enferma con su ansiedad de hijos.  Amanecí el domingo allá en las alturas de la barriada y al bajar, como si me recuperara de los hijos de puta de los malandros, me tiré también, de paso, a la Gocha, como si bajara de una escalera del sexo:  una arriba y otra en el escalón de más abajo (tengo la fantasía de reunirlas en una sola sesión conmigo).  Fueron polvos con arrechera, si es que alguien entiende lo que digo.  ¡Recogelatas y vagabundos, apartaros de mí para cuando yo maneje por esas calles!

Tomado de Kamalainpatmos.blogiaPero lo curioso de esta entrada, que ya es larga para mi gusto, fue lo que ocurrió este martes.  ¿Ya les había dicho que jugando le dije a Mariú que podíamos intentar su preñez hasta en las escaleras de su trabajo?  Bueno, así pasó, lo cual me conviene porque es un órgano sexual más cercano a mi domicilio.  Como si dijera que, después que almuerzo en mi casa o cerca de ella, me vaya luego a tener un poquito de sexo por allá, en la otra esquina.  Mariú trabaja cerca de mi área de residencia, y le pareció ¡viable! que la vaya a inyectar hasta en las escaleras de su lugar de trabajo.

Como se comprenderá, la vaina llegó a un colmo, no habiendo ya diferencias entre lo que se dice para bromear y la realidad.  O sea, la broma se hizo seria, realidad.  Y yo, ni corto ni perezoso, atraído más que todo por las posiciones que adoptaríamos en la escaleras, por el morbo de tener sexo con el temor de ser descubierto, acepté encantado.

Ocurrió así:  cuando ya me venía de visitarla en su oficina, ella se ofreció a acompañarme a bajar por las escaleras, diciéndome por el camino dizque en broma "¿Lo hacemos?"  Me le quedé mirando, riéndome de su salida humorística.  Le respondí, también en broma, que era necesario subir hacia los pisos de arriba, donde no había cámaras de video que grabaran las escaleras y donde no oyeran ningún chillido.  Ella también sonrío y me acompañó, no creyendo en ningún momento en que ocurriría.  Pero cuando llegamos al piso 6, en medio de un ambiente de puertas cerradas de oficinas, la vi nerviosa, recelosa, o para mejor decirlo de una vez, excitada, igual que yo.  O quízás estuviera preocupara por complicar la seguridad de su trabajo; ¿se imaginan?

Fue rápido, tipo gallo montado sobre la gallina.  Tenía un blue jean, mismo que le bajé hasta las rodillas con pantaletas a la vez, para luego recostarla boca abajo contra la baranda, tipo perrito.  De modo que fue una combinación de gallo con perro, pero muy rápido, como lo hacen los primeros, siempre con aquel sabrosito temor de que se abriera una puerta y ¡sorpresa, secretaria, te pillamos en tu receso!  Y digo que ella estaba excitada porque lo estaba, caliente para mejor decir, pero quedándose así de caliente, porque allí no había tiempo para nada más que dejar a mujer preñada, como ella quería, por cierto, y si a tal situación  se le puede describir como una buena circunstancia para pegar barrigas.  Creo más que su ansiedad por salir encinta es más grande que el hecho de tener sexo sin llegar a un orgasmo.  Creo que las mujeres pierden la razón cuando el sentimentalismo las domina.  O las frustraciones.  Hacen lo que se les indica... ¡Y uno bravo!

De todos modos, si es por complacerse, no hay problemas.  Tiempo de sobra tenemos los fines de semana; pero dado los resultados, y dado que yo no puedo ir a diario a su casa, esta medida, curiosos lectores, como que le acomodó al gusto, según me ha dicho luego.

De manera que el fin de semana, que empezó  para mí el viernes pasado, lleno de rabias, sexo y trago, recién terminó este martes.  ¿Cómo carajos hablar de otra cosa que no sea sexo?  Por fortuna no soy el único.  Muchos hay por allí dedicados "a tal cosa", que lo que hacen es hablar de cómo les va en tales asuntos, como si les estuvieran preguntando.  A mí nadie tampoco me pregunta, pero yo refiero los hechos como parte del trabajo.  ¿No fue Mariú una de mis pasajeras?  Si has seguido esta bitácora, sabrás que es así.  Y en fin, chico, dejemos los hechos claros:  ¿para qué demonios se tiene pito?  Si no me equivoco, el Papa mismo debe de tener uno, y muchos curas por allí, con usos no muy decentes por cierto.  ¿Ustedes qué dicen?

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lunes, 5 de mayo de 2008

Remordimientos de conciencia

Tomado de igualitocomolovienlosojos Saludos nuevamente, ¿cómo están, pocos lectores de este taxista sin remedio.  Porque he me puesto a considerar dejar el oficio (¡vender el vehículo!), principalmente por mis seres amados, que me ruegan que deje las calles porque en cualquier momento no regreso.  Yo digo que lo voy a pensar, pero no lo puedo evitar, mis amigos:  cuando enciendo el motor del vehículo, enciendo la aventura dentro de mí, y no fuerza que me detenga.  Si de sobra sé que trabajar en la madrugada es candela, a mi nadie me para, bajo el efecto como ando de una fémina, del trabajo mismo o de unas birras que me pueda tomar en el momento.

También me interrogo si el cuento de taxista no es una excusa existencial para andar pescando culos por ahí.  Fíjense que he hecho un blog para referir aspectos de mi trabajo y lo que hago es relatar los detalles de las conquistas.  Pero ¿cómo se hace?  El vehículo es como un cuarto de hotel ambulante.  Al menos para mí.  De donde uno menos espera, sale un chance.  Nunca me aguanto y me insinúo con las pasajeras con quienes hago confianza.  Y ella..., ¡no importa, vamos!  Ya les he dicho que cuando uno menos busca, más chance sale.  ¡Cono, compadre, cómo se hace!  La vecina misma me pidió un servicio y no la he querido llevar para no meterme en problemas (el marido es tremendo cuarto bate, y además es mi edificio de residencia).

Puede sonar un pelo exagerado, y yo mismo digo que lo es.  Pero las cosas son ciertas.  Cuando esté más sosegado les hablo del tráfico, de los cambios en cuanto a tráfico en los municipios, muy buenos por cierto.  ¡Caramba, la ciudad está arreglada y hay que reconocerlo, fuera de la plaga de los motorizados!

En fin, lleno de remordimientos, he tenido que dedicarle tiempo a Mariú.  Me he fajado con ella, le he sacado videos, los he subido a Internet y le he dado el link, he hecho el esfuerzo de preñarla...  Pero nada.  Se obsesionó.  Quiere, como les dije, a como de lugar, salir en cinta.  Pero no pega.  Ahora mismo que me paré en un centro de conexiones para escribirles a ustedes, curiosos, estas nota, voy a subir para hacerle el amor.   Me llamó y se lo ofrecí.  Médico brujo con ella.

La gocha, por su lado, la dejado un poco para mantener los niveles de interés.  Nada de darle gran importancia.  Ya está sellada, ya la acosté, ya está ahí a la mano.

Les cuento que la semana pasada, un día después de ver a Mariú, la fui a buscar cerca de su casa (ahí no entro), y por un pelito no me meto en tremendo lío con unos choros.  ¡Son caras estás cacerías, ¿eh?  Fue a dar la vuelta en "U" y asusté a una doña con la trompa del carro, pegó un gritó y al hacerlo dos malandrones salvavidas salieron al rescate.  Como se comprenderá, no me bajé.  Les dije que yo estaba ojo avizor, que nada pudo pasarle a la viejita; pero los pajaritos se ofendieron porque los desprecié a no bajarme y le dieron un golpe a la puerta.  Me dije, ¡bah!, no es la primera vez, y me fui.  Después la llamé y la esperé abajo.  Estuve un rato con ella.

Bueno, me despido.  El trabajo ha resultado monótono.  Casi no paro en casa y, lo mejorcito, son estas dos chicas que todavía no me cansan.  Les confieso que me resulta complicado escribirles.  Tengo Internet en casa, pero casi no paro allá, llegando muy cansado.  Saco tiempo y les dejo mis historias de calle.  No puedo escribir con la frecuencia que quisiera.

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jueves, 24 de abril de 2008

Finiquitando el acuerdo con la andina

Como se comprenderá, después de la captura de aquella gocha caliente allá en las alturas, he bajado el rendimiento en el trabajo, aunque ya salgo de vaporón. Del vaporón, más no de la gocha. Lo que quiero expresar es que es normal que en los inicios de una conquista se dedique uno un rato a cultivar a la criatura, para arraigarla y tenerla allí, a disposición para el disfrute. Y lo digo consciente de lo lamentable que pueda sonar para muchas sensibilidades, pero también de lo divino que suena para tantas almas aventureras como la mía.

Y si he trabajado menos, es porque estuve ya dos veces con la catirita, cosa que significa gasto: uno que otro bocado, los tragos, los paseos hacia la vía de Guatire y la habitación, lógicamente. ¿Para que caer en detalles? Baste con saber cómo fue aquel preliminar de la primera vez, para imaginarse la candela. Por lo demás, ya hablé con ella y parece tranquila respecto de su amiga Mariú y la relación que tiene conmigo. Ha ido menos a visitarla, dedicándose a cumplir con la ayuda que le da en la casa.

Más datos de ella: 25 años, tetona, demasiado blanca, pelo largo color campaña. Acróbata y muy oral, como cabía esperar, dada su primera vez conmigo.

Imagen tomada de Blog Vecindad

Mirando la red me conseguí con esta evocación, algo más superlativa que mi más modesta andina.

Hay algo que me sorprende, hablando ya de Mariú: ella me hala hacia su lado como para mantener la relación, pero no como para formalizarla hasta el punto de celarme a ultranza. Sospecho que no le importarían mis aventuras tanto como para terminar conmigo. Las toleraría si no hay el riesgo de que surja algún romance que pueda acarrear alejamiento. Es una teoría.

En fin, de todos modos no vivo con ninguna, sino en mi apartamento con mis crías, lejos de las aventuras. A la gocha la veo entre semana y a Mariú hacia el final. Ya acordé verla ocasionalmente, sin compromisos y para divertirnos. No pertenezco a ninguna, sino a la calle. Confieso que cuando anduve con la andina por las calles de Guatire, me hice a la idea de conseguirme caminando por allí a una amiga profesora que tengo en el olvido. Ya he hablado de ella

Y hablando de dinero y trabajo, digo que para el día viernes de la semana pasada mi economía amaneció por el suelo, avecinándose el fin de semana. Pero tuve suerte y redondee BsF. 500, con viaje de ida y vuelta al aereopuerto de Maiquetía. Con taxi los cobres se levantan rápido, pero con las mujeres se gastan también de la misma manera.

Hasta nuevo aviso. Me despido dando fe de los cambios que se hacen en cuanto a tráfico en el Municipio Libertador: fiscales por doquier, nada de buhoneros, menos colas, aunque delincuencia como siempre. En general está mejor.

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