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miércoles, 28 de enero de 2009

La hora en que las féminas engañan

Imagen tomada de Foro Univisión Tengo cierta complicación por los momentos.  Ando que trabajo los días de paga y los fines de semana, lo cual da algo así como diez días al mes.  Razones: tiempo.  Asuntos familiares, aunque otros de carácter aventuril.  Cuando he podido, me he puesto también a recorrer la ciudad en las mañanas, pero dos horas.

Les dejo a continuación lo que he logrado establecer respecto de los hábitos sexuales de mis pasajeras.

Uno:  las mujeres casadas, cuando complicado se les hace engañar a sus maridos, lo hacen en las mañanas, a golpe de ocho o nueve, cuando salen al abasto a buscar los ingredientes para el desayuno y también cuando nadie lo espera, mucho menos el cornudo marido (el espera el guiso en su casa).  Yo las llevo con su amante al hotel, donde entran con la bolsita de las compras, y también las busco a las nueve (una hora después), de donde salen también con la misma bolsita de compras, no sé si más llena o vacía.

Supongo que llegarán a sus casas, colocarán la bolsa de las verduras o lo que sea sobre la mesa y dirán “Papí, ya vine.  Había mucha cola”.

Dos:  las carajitas, que no pueden escaparse de los padres quedándose por ahí en la noches, van al hotel con sus tipos a golpe de tres, cuatro o cinco de la tarde (una hora también), de donde salen de nuevo como si nada.  Yo las llevo y las traigo y, por supuesto, oigo toda la conversación de las jugarretas que les hacen a sus “fastidiosos” papás.

A diferencia de las mujeres casadas, que salen con una bolsa de los aliños que supuestamente salieron a comprar, estas chiquitas salen con un teléfono nuevo o una tarjeta que el galán les compra.

Los primeros días que detecté esto no lo creía.  Pero la vaina ha tomado forma y parece ahora el uso. 

-Señor, por favor –me dicen descaradamente las bichitas-, suba los vidrios.  ¡Papi, cuanto quería verte! –mientras se le lanzan en los brazos a su galán comemuslos.

Yo no digo nada ni reprendo.  Muchos mariditos por allí no saben que yo también les como la pierna de su pollo.  ¿Me ahoracaré yo mismo criticando al mundo!  No, no.

viernes, 13 de junio de 2008

La mujeres "fáciles" de mi vida: las pasajeras

Imagen tomada de Fusión Cultural Una vez una lectora me comentó que era fácil pensar que mis chicas −más que todo las pasajeras− eran igual que la palabra:  fáciles.  Ello, quizás, por la cantidad de anécdotas contadas así como yo las cuento, con la facilidad con que tomo un vaso de agua.  Pero ¿qué se hace?  La vaina es cierta.  Si son putas lo serán de tal modo que yo no las pillo.  Como he narrado, hasta sentimentalmente me he implicado con algunas.  De hecho (para muestra un botón) hoy mismo intento embarazar a una, visitándola periódicamente a su casa, estando al tanto de su vida (imagino yo), no imaginándome que tenga tiempo de negociar con su órgano sexual reproductor en su tiempo libre sin mí.  De hecho, no la veo preocupada desmesuradamente por el dinero:  yo no le paso un centavo, a menos que me pida expresamente, cosa que es de lo más raro.

Claro, tampoco he descubierto a otras que en su tiempo libre ejerzan de santas, o se tiren un polvo santificado con un cura.  No, no; no lo he visto.  Son mujeres corrientes, como tu que tienes un marido y de vez en cuando lo engañas; o como tu, hasta el copete de problemas, estresadas, olvidadas de su propia sexualidad, cosa que hombres como nosotros (vulgares callejeros) tenemos el don de intuir y de "ayudar".  O como tu, mujer engañada por tu marido, que buscas en un desconocido la ejecución de un plan de venganza; o como tu, pervertida, tal vez putita sin saberlo, que gustas de complacer fantasías; o como tu, que no te has casado todavía, pero que coleccionas una sarta de experiencias amatorias que poco a poco te van ilustrando la vida.  Chicas que andan todos los días por la ciudad, buscando el formato aceptable de la vida, con deslices ocasionales. 

Toda mujer referida ha estado ligada más al vehículo que a mi oficio de taxistas; me explico:  se montan en él, sean pasajeras o no.  Ya les referí unas cuantas salidas que tuve con unas primas en Bolívar y con unas vecinitas.  ¿Putitas? Quizás: me daban su cuerpo por nada. Imagino que serán peores…

Pero una de las conserjes (ha habido varias) de mi edificio jamás se montó en el vehículo.  No le gustaba.  Prefería las solas paredes de su apartamento, donde vivía con un muchachito.  Para mi era mejor, porque no gastaba.  Le hacía el amor ahí mismo, cuando iba a reclamarle algún rollo con el gas o con la correspondencia.  Simulaba molestia y, cuando menos alguien pensaba, ya estaba en su cuarto siendo apaciguado en mi furia.  Y esto lo cuento para aquella fémina lectora que insinuó rarezas sobre la condición "mandarina" de mis chicas.  No recuerdo haber gastado una puya en ella, aunque si recuerdo haberla usado...

Por cierto, digo que esa experiencia fue de lo más extraña.  Mi relación con ella era estrictamente animal, sexual, rápida cópula en una habitación en penumbras.  Siempre estuvo acompañado de tensión, porque había el riesgo de que un habitante del edificio se presentase (quizás también para arreglar el gas; nunca se sabe. Así complazco a mi suspicaz lectora).  Nunca tuve problemas.  Pero lo extraño es que nunca la valoré de una manera más sensual hasta que la vi una vez caminando en la calle.  Casi me da un infarto.  Se veía extraordinaria de buena, mejor en la luz, casi provocándome hacerle el amor en la vía pública, para exagerar un poco.  Era tipo india, baja de estatura, pero de esas mujeres bajitas que están completitas.  Sin mucho seno, su culo era el protagonista del cuerpo.  Sus piernas eran macizas, y todo el sector de las rodillas para arriba, hasta su vientre de bailarina, era un verdadero paraíso. Por ese territorio muchas veces me coleé al cielo.

Como pueden imaginar, después quise ponerme más cachondo con escenas más atrevidas, de modo que mis sentidos visuales se complacieran.  Pero ella nunca lo comprendió:  siempre quería tener su muerte dulce dentro de su habitación en penumbras.  ¡Qué lástima de culo −me decía yo−, sin el auxilio de la luz del día!   Mujeres de mujeres.  Ahora mismo estoy recordando (ya ella se fue) que sí, una vez tuve un gasto con ella:  le brinde un café con leche en una panadería de El Silencio.

Me gustaría que mi curiosa lectora me explicase si no fue la soledad u otro problemita de sociedad la que llevó a esta bella damita a compartir sus placeres conmigo, sin necesidad de andar cobrando "el cochino dinero". Yo la recuerdo con gran fruición y hasta con ternura, si eso sirve para no estar valorando nada más la carne en las mujeres.

Pero les digo otra cosa:  tomando todas las protecciones, y sopesando a fondo el cuerpo que se vende, no me cierro a cumplir una fantasía con una estas mujeres de los placeres.  Aunque me cuesta mucho, lo confieso.  Porque cuando andas en la calle, donde descubres lo vulgar por doquier, terminas mirando lo que otros no ven cuando les llega la oportunidad de drenar sus placeres.

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jueves, 15 de mayo de 2008

¿Un taxi subiendo por las escaleras?

Mi parientes se fueron de viaje el fin de semana pasado.  Yo, que  soy libre, quedé más libre.  Se pueden imaginar cómo me sentí.  Un vagabundo con el mundo más abierto para andar.  Me moví de aquí para allá y allá para acá en el apartamento.  "¿Salgo o salgo a la calle?", me planteé como burlesco dilema, no quedándome otra solución -como cabe esperar- que lanzarme raudo a la calle.

Y no es extraño.  Mi actitud recelosa hacia mi propia persona y en la calle, se enmarca en la reflexión última escrita en esta bitácora (vea Remordimientos de conciencia).  Me dije "¡Caramba,  me voy a portar bien!  Reuniré un dinero (no más tías de irresistibles sexos) y se lo gastaré al vehículo, que tiene la tapicería que ya empieza a dar miedo".  Y no es para menos, si se trata, prácticamente de un cuarto de hotel, oliente a humedad, cervezas derramadas y otros fluidos.  Es una pena... que da gusto.

Por cierto, a propósito de aventuras dentro del vehículo, la semana pasada me fui hacia El Valle a hacerle un servicio al vehículo, un cambio de filtro de gasolina y otros detalles.  Mientras el tipo arreglaba, me hablaba, con la actitud quizás de aquel que al arreglar carros, sabe todo sobre el tema.   Habló y habló hasta que concluyó que era pavoso acostar mujeres dentro de la unidad de trabajo.  Le oí sus peroratas, pero internamente me sonreí.  Como ustedes ya saben, dentro de mi carro ha ocurrido de todo.  Me  llega ahora mismo el recuerdo de mis desórdenes con una prima, allá en Puerto Ordaz (mira la historia en Yo y el taxi, mi taxi y yo).  ¡Dios mío, que no ocurrió dentro de ese cuarto!  (Y hablando de aventuras, un poquito más abusivo de lo que soy, les paso este link que recién acabo de mirar en la Internet, no apto para menores, por supuesto, donde aparece una tía haciendo travesuras con un vehículo como el mío, un Cielo Daewo:  poner link)

Como decía, volviendo al viernes de la semana pasada, trabajé hasta tarde, tan tarde que no encontré estacionamiento abierto para cuando vine.  Me fui hasta el de la Plaza La Concordia e hice una cola allí para cuando abrieran, pero me cansé, casi me duermo en el carro.  Era una noche peligrosa, como la de todos los viernes en la madrugada, con gritos de borrachos, rameras y recoge latas por doquier.   Tenía escondido en mi cuerpo Bs.F. 700.  La sola contemplación de la plaza nada más, con su enorme árbol en la esquina, con su enorme oscuridad también, era para como para pensar en las películas de terror.  Me cansé y me fui, llevándome el carro hasta el frente del edificio donde vivo.

Allí lo aparqué y me prometí levantarme temprano, antes que los fiscales, para que no me ocurriera lo del remolque de la vez anterior.  Y así lo hice, pero ¡zas!, ¿cuál fue mi sorpresa?  Un nuevo robo.  Los habitantes de la noche se llevaron (nuevamente) mi radio reproductor, partiendo un vidrio de la puerta  trasera.  Ahí no importó nada, ni alarma ni vecinos asomados ni policía que transiten por las calles.  ¿De qué sirve una alarma cuando en la calle, esa misma noche, habían otras activadas, toda la noche?

No, no es como ustedes creen.  Después de tanto vivir en la calle, no se me va ocurrir dejar el equipo en la parte delantera el carro.  Nada de eso, caballeros, los pajaritos nocturnos lo sacaron del maletero, violando el asiento trasero para llegar hasta él.  ¿Qué les parece?

En fin, nada que ya no me hubiera ocurrido.  En efecto, me levanté temprano, fue hasta el vehículo, me lamenté un rato y terminé yéndome a El Cementerio donde un amigo, colocando el vidrio.  Bs.F.  100.  Le compré otro equipo, otra vez, gastando el dinero con el malestar de aquel que se quiere castigar por andar con inventos.

¿Se dan cuenta?  Hice unos cobres pensando como un tipo que se quiere portar bien, cometiendo nomás el pecado de la imprudencia de quedarse hasta tarde en la noche.  Véase lo que ocurrió.  Me pongo a pensar a veces que no hay gran diferencia entre "buenos" y "malos, porque nadie ni celebra ni escarmienta las acciones  (me refiero a un dios, lógicamente).   ¡Cuánto malandro e hijo de puta no hay por allí viviendo sin rendirles cuentas a nadie, viviendo hasta tiempo que los gafos que deciden "ganar puntos con el cielo"!  ¡Al diablo!

Como se comprenderá, mi reacción fue la tirar a los mil diablos mis precauciones.  Me desaté un poco más de lo habitual, trabajé un rato, reuní dinero, bebí en día y me instalé después en mi habitual sesión amorosa con Mariú, quien ya me enferma con su ansiedad de hijos.  Amanecí el domingo allá en las alturas de la barriada y al bajar, como si me recuperara de los hijos de puta de los malandros, me tiré también, de paso, a la Gocha, como si bajara de una escalera del sexo:  una arriba y otra en el escalón de más abajo (tengo la fantasía de reunirlas en una sola sesión conmigo).  Fueron polvos con arrechera, si es que alguien entiende lo que digo.  ¡Recogelatas y vagabundos, apartaros de mí para cuando yo maneje por esas calles!

Tomado de Kamalainpatmos.blogiaPero lo curioso de esta entrada, que ya es larga para mi gusto, fue lo que ocurrió este martes.  ¿Ya les había dicho que jugando le dije a Mariú que podíamos intentar su preñez hasta en las escaleras de su trabajo?  Bueno, así pasó, lo cual me conviene porque es un órgano sexual más cercano a mi domicilio.  Como si dijera que, después que almuerzo en mi casa o cerca de ella, me vaya luego a tener un poquito de sexo por allá, en la otra esquina.  Mariú trabaja cerca de mi área de residencia, y le pareció ¡viable! que la vaya a inyectar hasta en las escaleras de su lugar de trabajo.

Como se comprenderá, la vaina llegó a un colmo, no habiendo ya diferencias entre lo que se dice para bromear y la realidad.  O sea, la broma se hizo seria, realidad.  Y yo, ni corto ni perezoso, atraído más que todo por las posiciones que adoptaríamos en la escaleras, por el morbo de tener sexo con el temor de ser descubierto, acepté encantado.

Ocurrió así:  cuando ya me venía de visitarla en su oficina, ella se ofreció a acompañarme a bajar por las escaleras, diciéndome por el camino dizque en broma "¿Lo hacemos?"  Me le quedé mirando, riéndome de su salida humorística.  Le respondí, también en broma, que era necesario subir hacia los pisos de arriba, donde no había cámaras de video que grabaran las escaleras y donde no oyeran ningún chillido.  Ella también sonrío y me acompañó, no creyendo en ningún momento en que ocurriría.  Pero cuando llegamos al piso 6, en medio de un ambiente de puertas cerradas de oficinas, la vi nerviosa, recelosa, o para mejor decirlo de una vez, excitada, igual que yo.  O quízás estuviera preocupara por complicar la seguridad de su trabajo; ¿se imaginan?

Fue rápido, tipo gallo montado sobre la gallina.  Tenía un blue jean, mismo que le bajé hasta las rodillas con pantaletas a la vez, para luego recostarla boca abajo contra la baranda, tipo perrito.  De modo que fue una combinación de gallo con perro, pero muy rápido, como lo hacen los primeros, siempre con aquel sabrosito temor de que se abriera una puerta y ¡sorpresa, secretaria, te pillamos en tu receso!  Y digo que ella estaba excitada porque lo estaba, caliente para mejor decir, pero quedándose así de caliente, porque allí no había tiempo para nada más que dejar a mujer preñada, como ella quería, por cierto, y si a tal situación  se le puede describir como una buena circunstancia para pegar barrigas.  Creo más que su ansiedad por salir encinta es más grande que el hecho de tener sexo sin llegar a un orgasmo.  Creo que las mujeres pierden la razón cuando el sentimentalismo las domina.  O las frustraciones.  Hacen lo que se les indica... ¡Y uno bravo!

De todos modos, si es por complacerse, no hay problemas.  Tiempo de sobra tenemos los fines de semana; pero dado los resultados, y dado que yo no puedo ir a diario a su casa, esta medida, curiosos lectores, como que le acomodó al gusto, según me ha dicho luego.

De manera que el fin de semana, que empezó  para mí el viernes pasado, lleno de rabias, sexo y trago, recién terminó este martes.  ¿Cómo carajos hablar de otra cosa que no sea sexo?  Por fortuna no soy el único.  Muchos hay por allí dedicados "a tal cosa", que lo que hacen es hablar de cómo les va en tales asuntos, como si les estuvieran preguntando.  A mí nadie tampoco me pregunta, pero yo refiero los hechos como parte del trabajo.  ¿No fue Mariú una de mis pasajeras?  Si has seguido esta bitácora, sabrás que es así.  Y en fin, chico, dejemos los hechos claros:  ¿para qué demonios se tiene pito?  Si no me equivoco, el Papa mismo debe de tener uno, y muchos curas por allí, con usos no muy decentes por cierto.  ¿Ustedes qué dicen?

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jueves, 10 de abril de 2008

El enigma de San Cristóbal: una andina caliente

Imagen de RadioAreito
El día vienes pasado, después de girar un rato por mi zona preferida (centro, San Bernardino, Sabana Grande y Av. Victoria), subí un rato donde mi Mariú, allá en Catia, en el barrio el Amparo. Me compre una botella de cacique (no me gusta el whisky) y un habano de BsF. 30, mismos que me fui disfrutando por el camino, autopista Francisco Fajardo, los túneles, la vía abajo de plaza Sucre y, finalmente, la subida de Las Lomas de Urdaneta, lugar temido pero al que yo, loco taxista, ya me he acostumbrado.

Todavía era de día, aunque con la luz algo tenue ya. Vi la puerta abierta y aparqué donde mi dulcinea. Pero no estaba, aunque estaba su hija (una adolescente), quien me recibió sonriente, como siempre, debido a que yo le hago muchas bromas. Y estaba también una andina, de San Cristóbal ella, que suele ir a la casa porque se le paga para que cumpla con algunos oficios domésticos. Me dijeron que Mariú estaba cerca, pagando o haciendo una diligencia de la casa, y me quedé a esperarla, llenando la casa del humo del tabaco, bebiéndome los tragos, y sintiendo la juguetona protesta de las dos féminas.

La andina tenía las tetas disparadas, prensaditas, mejor dicho, a duras penas disumuladas debajo de la blusa; delgada, con un trasero más o menos, nada parecido a las tetas, por cierto; blanquísima como una hoja de papel, con el pelo largo, color colonial. La hija de mi dulcinea es una adolescente que no viene a cuento, hijastra mía en formación aún.

En fin, estuve allí como una hora, esperando, saltando en broma al ritmo de la música, echándoles el humo del tabaco en la cara para irritarlas, empujándolas a modo de juego y... -¿qué le voy a hacer, hombre?- lanzándoles miradas furtivas a la gocha, acariciándola visualmente en determinadas partes de su cuerpo para que se diera cuenta que el cacique vuelve loco a los hombres y tanteando su espíritu, para ver si tenía cabida para un taxista Don Juan como yo sin remedio.

Hubo un momento en fui al baño y en pasillo para llegar a él, angosto , me encontré saliendo a la gocha, a la que le rocé "accidentalmente" los senos al pasar a su lado, cosa por demás casi inevitable si consideramos que es lo que más resalta de su cuerpo, ladeado, pasando junto al mío. Sentí un doble escalofrío: primero al sentir aquellas fugaces y dulces lanzas asesinarme con su roce y luego al oír lo que oí:

-No arrugues si no vas a planchar.

Gratamente impresionado, terminé de ir a mi baño, pero no sin antes mirarle durante unos segundos, comunicándole con mi lenguaje corporal que sí, que no había problema, que yo me consideraría una plancha humana, de ser necesario. Ella sonrío nerviosamente y se fue apresurada.

Al salir me encontré con que Mariu había llegado, sentando al sofá con ella y conversando un rato, en medio de una conversación en la que también terciaba la andina, contenta y poderosa por saberse guardadora de una especie de promesa que yo le había hecho y que desde ya parecía encantada de ocultar a la vista de su "jefa". Pidió en voz alta que le hiciera la carrera hasta su casa, por allá abajo, Catia, y yo, ni corto ni perezoso, le di un beso a Mariú, diciéndole que ya regresaba.

La llevé. No era muy lejos hacia donde iba. Le ofrecí unas rápidas cervezas, pero dijo no tomar. Hablé cualquier cosa y le dije que desde el choque no me la podía sacar de la cabeza. Reía.

Bajando por Las Lomas de Urdaneta hay cierta vegetación que me facilitó detenerme unos cinco minutos para besarla e intentar estrujar sus tetas. Me dejó lo primero, porque lo segundo pareció prometérmelo de modo más espectacular. No insistí. Rápidamente -oye, estaba en curvas de las Lomas de Urdaneta, un escalón peligrosito-, arranqué el vehículo y la invité hacia otro lado, pero no quiso. Tenía que ir a su casa, y yo a la mía, ...digo a la de Mariú, allá arriba.

Así fue. Le dije que iría al día siguiente, a la misma hora. Cené con Mariú y le hice el amor. Cambié a tomar cervezas y me fui como a las 9:30 PM.

Al día siguiente fui, como había dicho, más pensando en cómo resolver el enigma de San Cristóbal que en los peligros consecuentes de su resolución, esto es, una doble aventura y en la misma casa. ¡Señor, soy un hombre perdido!. Debo confesar que el día anterior besé y rebesé a mi dulcinea pensando en aquellas seguras blanquísimas tetas de los Andes venezolanos. ¿Qué puedo hacer? ¿No lo podía evitar?

Y ocurrió algo sorprendente. El guión se repitió, casi igual, con alcohol, otro pedazo de habano, música reggaetona, la conversación en la sala, la hijastra, Mariú, la andina disimulante con su misterio de tenerme embrujado, con la diferencia de que había llegado una pareja de visitas y se había incorporado al momento. Todo debidamente hecho, a cuatro paredes, en la seguridad de un hogar. Cuando me dirigí al baño y volví a encontrar a aquella mujer salir de él en el angosto pasillo, rozar, "accidentalmente y de modo juguetón aquellas lanzas calientes, la cosa cambió sólo en un detalle.

Me jugué el todo por el todo, sabiendo que si me descubrían allí se formaría el lío del siglo XXI. La halé sin gran resistencia hacia el interior del baño, diciéndole que sólo sería un momentito para besarla en un lugar a escondidas, demostrarle mi cariñito, y patatín patatán. La poca que resistencia que puso se la quité con un beso rápido y salvaje. Le di a entender que arriesgaba mucho por la pasión que ella despertaba en mí. Que en otro momento sería mejor para los dos, cuando nos organicemos. Que teníamos que cuidarnos, rápido, que podía venir alguien.

Aquello fue rápido, como se comprenderá, sobre la poceta, sin sexo carnal, pero sí con sexo oral brutal y breve. Aquella gocha me hizo romper la piñata con rapidez, como si yo fuera uno de esos que padecen de eyaculación precoz. Apenas le bajé el pantalón, en cuyo horno metí la mano como pude, relampagueantemente. Apenas también pude ver y lamer su pecho, tal cual como me lo imaginé, por cierto, provisto de melones grandes y como nuevos. Me dije que habría ocasión.

El asunto acabó como empezó, rápidamente, con un breve teatro del disimulo al final, porque aquella mujer temblaba y tenía el rostro como un tomate. Afuera, en el patio, había un fogón de parrillas para ese día, y nos pusimos a encenderlo y después atizarlo para disimular el rubor.

¿Qué más detalles a contar? Me quede con un dolor palpitante en la ingle, producto quizás de las rápidas contracciones del placer. Me quedé a la expectativa de lo resultante de aquella aventurilla, es decir, si iría a traer consecuencia con la engaña Mariú. Pero la pequeña reunión continúo de modo normal, como si dos personas que estaban conversando en la sala junto a las demás no se hubieran entrelazado furtivamente en un baño para aliviar una pasión.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Historia de la pasajera engañada y otras menudencias

Bueno, este taxista se ha hecho amante habitual de la una de mis primeras clientes desde que retorné del Oriente venezolano. ¡Qué remedio! Me he convertido en un cerrícola a carta cabal, y lo digo sin intención peyorativa. Subo y bajo el cerro; duermo por allá y hago el amor sobre la bendita colina.
La cosa se me ha complicado un poco, pues me resulta difícil en medio del agobio de la ciudad repartirme en las tres partes que son mi vida: el oficio, mi casa y la aventura, esta última, como se comprenderá, no puede tener un sentido permanente, pues se desvirtuaría en su esencia.
De modo que pienso que mi amiga Mariú pasará a la historia, queriendo decir con esto que no puedo ser compañero habitual como ella propone, sino ocasional, como yo digo. Por eso me urge conocer lo más rápido posible más y más criaturas, de forma tal que no surja la tentación de dejarse devorar por una. Si mi potra no aceptara mi "aventurera" propuesta, confieso que yo lo lamentaría bastante, pues allá arriba, con muchos frío y ella al lado, y su acrobático modo de hacer el amor, se la pasa uno de maravillas. Y, por adelantado, dejo claro para los criticones de siempre que no soy machista , soy taxista.
Respecto al intento de ampliar el espectro de amigas, ando en eso. Dos muñecas más alborotan la tranquilidad de este trabajador del volante, que últimamente, a juzgar por el contenido de sus post, parece un casanova. Pero que se hace.... La calle es salvaje y el anonimato de mi humilde oficio estusiasma a muchas a abrir las piernas sin muchos contratiempos. Una es la "profe" en Guatire y la otra, otra "profe" pero en el Junquito. Esta última esta rebuena.
Recuerdo que hace unos años llevando una moza a su negocio en Bellas Artes entablé una rápida y sexual relación con una mujer que, aparte de estar siendo traicionada por el marido, también estaba siendo robada por éste en su empresa en conchupancia con la empleada. Era muy hermosa y lucía una vestimenta full de elegancia. Ella se deshizo en llanto en el vehículo y no fue capaz de bajar del vehículo cuando llegó a su destino. Me vi precisado a asistirla, movido por una sincera solidaridad humana, sin atisbo ninguno de aventura en mi mente, por si acaso me lee un mal pensado por ahí.
Me devolví, pasé de nuevo frente a Parque Central por la Av. Bolívar y me fui con ella hacia el Ateneo, allí donde está el Museo. Paré el carro por ahí y caminé con ella un rato por el Parque los Caobos. Ella me había anunciado que me contaría su historia por que yo, yo... era un taxista, y probablemente nunca mas me vería. La escuché durante toda la tarde, hasta que finalmente se calmó. Me dio las gracias y me ofreció pagar la gentileza con un trago, si yo quería, hacia la zona de la Ciudad Universitaria, donde ella se sentía más cómoda y por donde se quedaría. Recuerdo que yo, en la medida en que ella dejaba el llanto, volvía a mis pensamientos de andar en cacería, pues la veía terriblemente hermosa y delicada para mis toscas manos; sin embargo puse un grano de malicia de mi parte y sugerí la tasca del Hotel El Paseo, frente a la Universidad Central. Resultó que en el Hotel nos quedamos, así, sin mucha preparatoria ni cortejo, sintiéndonos felices y extraordinariamente unidos, como si fuéramos el uno para el otro, amantes descubiertos por el azar, con efluvios de alcohol hasta en la cédula. Por un tiempo nos seguimos viendo y hasta que ella tuvo que viajar a Italia, perdiéndole el rastro.
Cambiando el punto y hablando algo del oficio, digo que he cambiado bastante la modalidad de trabajo, experimentando en el día (me puse "culilludo" con el último atraco) y trabajando en las periferias para no complicarme con el tráfico, que como ustedes saben no lo aguanto.
Así, siendo muy selectivo con mis pasajeros, ando por la ciudad como si paseara, llevándolos hacia lugares menos complicados. Por supuesto, hay menos cobres, pero mi salud mental gana bastante.
Varios me han propuesto que les trabaje como transporte, pero eso es algo que tiene reglas y no pega con mi modalidad. Llevar y traer el muchacho al colegio, buscar al dandy en el politécnico, esperar mientras una tía se maquilla para ir al bingo... ¡Qué va! Tengo una opinión: es un servicio que nunca pagan en su costo, sin contar que resta libertad. Pagan mensual, y si dividimos el monto acumulado por las veces en que el musiú es buscado en su casita, la cifra de verdad que da risa; pero la mayoría de los taxista se deja seducir por el monto total al mes.
A mi no me cuadra. Ir a buscar a un vejete a San Bernardino, por ejemplo, me sería pagado como si hiciera un solo recorrido, pero la verdad es que hago el ida y vuelta. Por ello me quedo con el sistema del pasajero al azar: lo tomo donde quiera y no me atoro tratando de llegar a horas pactadas. Lo único que tiene reglas y que yo acepto gustoso son las tías.




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martes, 6 de marzo de 2007

El retorno del Jedi


Llevo ya una semana en la ciudad del agua, Ciudad Guayana. Como bien supuse antes de venir, la cosa por aquí es caliente, y no precisamente por el clima.
Me he ido reicorporando a mi oficio de aventurero muy lentamente, trabajando dos horas en la mañana, un rato al mediodía y muy poco en la noche. Debo decir que tengo que reacostumbrarme, pues de Caracas a Guayana media una gran diferencia, y no me puedo lanzar a la calle a tragarme el sol de sopetón. Con calma, hay que aclimatarse.
Debo decir que a pesar de una especie de intoxicación etílica que sufrí en Puerto La Cruz, donde hice escala en casa de unos parientes durante el regreso, me bebí en días pasados unas cuantas birritas y agarré una buena honda. Como es de imaginar, mi mente empezó a volar hacia los cables pelados que había dejado aquí en la zona: Rita, Rosa, Catira... Comía en una pollera de la Av. Manuel Piar de San Félix, y ya me lanzaba en mi Cielo Daewo a hacia un teléfono para llamar una de las mencionadas criaturas anteriores. Me decía interiormente que no me portaría muy insistente, que si la cosa estaba algo dura, me iría a dormir la noche tranquilamente.
Es el caso que cuando estoy abordando mi unidad una especie de banderita empieza agitarse a través del parabrisas. Escudriño bien entre las luces incandescente de las bombillas nocturnas y descubro que la banderita es una manito blanca de una adolescente de menudo cuerpo que me pedía un servicio.
Me dije "Bueno, está chévere la chiquita, y algo alegre. Tal vez no necesite llamar a nadie para bioequilibra mi organismo"
En efecto, al acercarse a la ventanilla pude notar que se había animado con unas cervezas y amigo en la misma pollera. Me pidio que la llevara a Bella Vista y yo le respondí que no estaba trabajando, que a esa hora la podía llevar gratis. Sus dieciochos años me sonrieron ampliamente y sin vacilar alguno se montó. Bueno, entonces empezó mi trabajo. Ya venía yo de una reciente aventura con muchacha joven y ahora, ni corto ni perezoso, me quería procurar otra.
Eche el vistazo clínico: pequeñita (quizás alcanzaba mi hombro), buenas tetas, cinturita y las piernas quizás algo delgadas para mi gusto. Le pregunté cómo estaba, cómo pasaba el día, cómo estaban las cervecitas de la felicidad y tal y tal y tal. Le dije que ya había trabajado y que me disponía ahora a beberme unas cuantas, o quizás una..., una botella que tenía ahí en la maletera. Ella me dijo que había comido con un admirador y que iba para su casaa. Y yo reprendí que por qué lo hacía, que era criminal irse a dormir tan temprano cuando había una pobre personita como yo, solitaria y abatida. Ella sonreía y me miraba francamente, como para diagnosticarme. Supongo yo que tenía sus reparos: ¡Bueno, que se habrá creído el don! Yo tan joven, él tan viejo. O quizás algo así: ¿será seguro, será confiable? O quizás: no se mal, y yo estoy aburrida; ¿que tal si me animo?
El caso es que un rayo me dio claridad sobre lo que tenía que decir y cómo. La miré abiertamente y le dije:
-Vamos, criatura linda, anímate. Bebámonos unas cervecitas. Vayamos al paseo de Traki en Puerto Ordaz y nos paramos como lo hace tanta gente a esta hora. Total, no regresamos en unas dos horas [eran las ocho, más o menos]
Pero ojo, esto lo dije de modo inequívoco, mirándola fijamente, dándole a entender que nos íbamos divertir.
Se paralizó un poco, pero me habló con franqueza, recurriendo al viejo truco femenino de la indisposición.
-Tengo el periodo -dijo con gran tranquilidad, y yo me sorprendí más de la cuenta conmigo mismo, por hacerla responder en el terreno de mis deseos: la sexualidad abierta.
A me fui de sopetón, improvisando cualquier cosa, no queriendo dejar escapar la presa. Le dije en tono jocoso que no se preocupara, que para pasarla bien existían muchos caminos, y ella en el acto me sorprendió más incluso:
-¿Por detrás, te gusta por detrás? -mientras se reía.
-¡Pues, sí! -digo yo, ya bastante picado- Si todo se hace con mucha calma se la pasa unao bien.
Nada dijo durante el resto del trayecto hasta su casa. Pero antes de bajarse, me mandó:
-¡Esperame aquí, voy a cambiar mis sandalias!
¡Vaya que si esperaría! Bajé con gran cautela (la zona es peligrosa)y me fui hasta el maletero por la botella de Cacique que allí guardaba, más una cajetilla de cigarrillos. No tardó gran cosa.
Se montó, le ofrecí un trago y sólo probó un poco, pues me dijo que sentía algo mareada por las cervezas que se había bebido. Arranqué y durante el trayecto me puse locuaz, lo más jovial que podía, alzando la voz, haciéndola reir, bebiendo más y más, hasta contagiarla. Vaya, lo había logrado: aquella chiquita me pertenecía.
Se prendió de mi cuello y empezó a besarme. Yo le dije que con calma, que ya llegaríamos a un sitio y nos estacionaríamos un rato. Ella se había puesto de pronto muy alegre, y me abrazaba y me besaba, y yo me decía que el mundo es una locura, que permite que dos perfectos desconocidos, de pronto y sin barreras, se junten a reirse de toda la vida. ¡Extraordinario!
Durante el camino no me aguanté y me detuve cerca de una licorería para acariciarla y besarla a placer. Lo hice un buen rato, y luego bajé por unas chucherías.
Cuando llegamos a la urbanización Manoa, cerca de otra licorería que hay por allí, nos estacionamos y nos pasamos al asiento trasero con el cuento de hablar un rato, con la puerta abierta para no despertar sospechas entre los caminantes nocturnos. Allí le descubrí las tetas, y la besé a placer en el cuello, las axilas, los brazos, la espalda. Era una criatura pequeñina, bastante manejable, por consiguiente. Luego paraba, salía del auto y me iba un ratico a la licorería por unas cervezas, como técnica para guardar las apariencias.
Volvía. Esta vez toque más fondo, nalgas, piernas, entrepierna y en el momento descubrí que no me había mentido: estaba en sus días. Para entonces la galla estaba bastante desatada, y yo tenía que cuidarme de que no se me fuera a desnudar completamente. Me ofrecía de todo. Se le ocurrió acostarse boca a bajo, quizás pensando en aquellas palabras que habíamos cruzado sobre el trasero. Era evidente que su euforia la llevaba complacer y hacer locuras. Debo decir que me animé, pero ocurrió un imprevisto...
Busqué condones por todas partes, y nada. Cartera, guantera y un bolso de mano que llevo en la maletera. Nada. Cerré la puerta y le dije que no se moviera, mamita, que ya venía. Me fui a la licorería, llamé al empleado y le pregunté por preservativos. Nada. Se había jodido la vaina. En fin, me regresé sin nada lo más rápido que pude, no vaya a ser que se le enfriaran las nalgas a la criatura, de pelada que las tenía.
El cuadro que encontré fue triste: la bebé dormía. Boté la piedra. No fue posible despertarla. Dormía, dormía con furia. Dormía y dormía dentro de mi carro, no sabiendo yo qué hacer, dónde dejarla, pues de pronto se me había pasado el efecto de los tragos y no anhelaba más que deshacerme de ella. Me dije que yo era un hijo de puta-problema. ¿Cómo me podía ocurrir tantas loqueras?
Resolví optar por una solución no muy ética, pero solución al fin. Me dije que la chavala estaba ebria, y que los ebrios solían quedarse dormidos en las plazas. Me dije eso una y otra vez y como una flecha me subí a Puerto Ordaz y la baje rapidamente en un banco de la plaza El Hierro. Fin de la historia.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Noche dura

El día sábado, 2:00 pm, arranqué de Ciudad Guayana para Caracas. Volé. siete hora y media. Objetivo: votar para elegir entre Rosales y Chávez. Lo hice ayer y ahora me encuentro respirando el contaminado pero sabroso clima de la metrópolis.
Ese día me levanté a las 11:00 am, aún turbio de cervezas. Me pasé la noche anterior no trabajando sino buscando una despedida de la región con una hermosa damisela. Me acosté a las siete de la mañana y manejé somnoliento para Caracas. Fue una aventura siempre peligrosa. Me decidí por Rita, dejando por ahora a Rosa.
Empecé tomando whiskie con mi padre, a quien le regalé una marca medianamente costosa. Luego me entusiasmé con los mismos vecinos y rodé por allí un rato. Me sentía algo infantil, como cuando uno se apresta para una despedida.
Uno de los camaradas se ofreció acompañarme para ir al encuentro de mi amada e imposible amor, llamada Rita, quien a la sazón se encontraba en una zona algo delictuosa. Una zona poblada de sólo guyaneses, pero atractiva también por las niñas guyanesas, que son muy bellas. Eso le dije a mi acompañante para que se decidiera a ir conmigo.
Dimos muchas vueltas en los alrededores, pero me fue imposible recordar cuál era la dirección. La caña hacía su estrago en la memoria. Finalmente, me dí por vencido. Llevé al amigo a su casa y aun me bebí con él unas cuantas frías.
Promediando las diez de la noche, el demonio de la aventura se posesionó de mi cuerpo. Decidí buscar nuevamente la dirección, yo solo.
Así fue, y tuve éxito. Conseguí a la criatura, sola esta vez, pero con la presión de la llegada del marido de un momento a otro. Ello me tenía muy excitado, y ello me hacía al mismo tiempo muy feliz, pues, hermano, se siente uno vivo, vivo, tan vivo que alcanzas conciencia de muerte.

La dama de los peligros, es lo que mejor le cuadra



Así andaba yo, envuelto en peligro: yo en la casa de la chica, en una barriada peligrosa, desconocida, y con la amenaza de un encontronazo con el inocente marido.
Cuando perfilé a la niña para cosas mas serias, después de hablar un rato con ella, surgió la idea de conseguir unas cervecitas adicionales para acompañar el momento. Me fui hasta una bodega donde previamente había hecho amistad con unos mañosos y donde también me había bebido unos cuantos galones del líquido embriagante. Compré un ramillete botellas bien heladas. Volví a la casa de la chica, pero había ocurrido lo temido: al coño de marido lo protege el dios de la fidelidad. El tipo había aparecido, y tenía represeda al objeto de mis deseos en su hogar.
"¿Qué hacer?", carajo, pensaba mi cabeza. Nuevamente varado con esta mujer. Nuevamente... Creo que es suficiente, me lo digo ahora. Ella está allá, disponible, quiere estar conmigo, y yo también quiero llevarme a la tumba el recuerdo de haberla poseído. Pero todo se opone, como dice el poeta.
Arranque con mi despecho listo para ser transformado en trabajo nocturno: ¿qué más podía hacer? Partí.
Al salir de barrio -para completar- el vehículo se me encunetó en una especie de quebrada, y allí esperé una media hora que llegase la delincuencia o una ayuda. Ya eran como las doce.
Afortunadamente apareció primero la ayuda que los choros. Me sacaron a empujones, eché una buena meada en tan frustrante lugar y me fui a rodar por la ciudad hasta la madrugada, repitiendo el ciclo acostumbrado de trabajo nocturno.
Después, durante el viaje a Caracas, somnoliento, ciento cuarenta o cincueta kilómetros por hora, a la altura de Anzoátegui, caí en una depresión vial y se me reventó un amortiguador. Nada grave que me impidiera continuar. Seguí a la misma velocidad. Arribé a la ciudad. Dormí y amanecí y voté ayer domingo por mi candidato de preferencia.
Desde hoy, por unos quince días cuando regrese a Guayana, cambio mi campo de acción por Caracas, donde tengo unos dos o tres direcciones sexuales a disposición.
Veremos. Por lo pronto, a reparar y trabajar.

domingo, 26 de noviembre de 2006

Animal nocturno

Tal como lo tenía previsto, el día viernes (o la noche, mejor dicho) fue raudo, locuaz. Durante el día me la estuve sentado frente al computador, aprendiendo algo de programación HTML, navegando y otras variedades. Cuado salgo a la luz del día, noy hay tal, es decir, ya no había luz.
Unos amigos de la casa me piden que los lleve a direntes destinos. Así lo hice, pero la cervecita estaba a flor de piel. Bebí como hasta la 9:00 pm, hora en que se me ocurrió trabajar. Pero yo quería jaleo antes de hacerlo.
Pelé por el directorio telefónico y me comuniqué con varios destinarios femeninos; pero me fui en blanco. Llamé a dos, a una pariente incestuosa y, después de pensarlo dos veces, a Rita, aunque me había prometido no hacerlo para ver que ocurría con ella. La primera dormía, supuestamente; la segunda, vivía, pero estaba atrapa en la casa con los críos. No quise llamar a aquellas con las que estaba seguro saldría, una colombiana y la Catira. No me daban la nota necesaria para el estado que me invadía, aunque debo manifestar que la colombiana (casada ella) es buenísima en la cama.
A Rita le apliqué una invitación si se quiere seca, al estilo lo tomas o lo deja. En fin, nada cuajó.
¿Qué hacer? Bueno, ahí estaban las calles, con su peligro y misterio. Me puse a trabajar para rumiar el efecto de mis cervecitas. Y le dí corrido hasta las 5:00 de la mañana, y nuevamente se repitió el esquema con los clientes: primero gente bien, como hasta las 11:00 pm; después los maricas,putas y drogadictos, como hasta las 2:00 am y, finalmente, hacia la madrugada, los delincuentes y las putas de nuevo.
Me pare en varias taguaras de San Félix, más que todo a admirar los estrafalarios cuerpos de las puticas. En cierto modo, sentía despecho por no haber cuadrado una salida con una de mis queridas.
Fin de la historia. Me fui dormir donde la casa de mi padre.
Al levantantarme, como hacia el mediodía, me dice el viejo que Rita había llamada a su teléfono, dejándome dicho que la fuera a buscar. Ya estabamos en sábado.
Me hice el duro, y la llame en la nochecita. Mi actitud con ella parecía funcionar. Me dijo: "Sácame de aquí".
Bueno, era el chance esperado, pero me sentía indispuesto con problemas de estómago. ¡Suerte de suerte! Tanto tiempo esperado
Hablé con ella, y me escabullí como pude.

¡Quiera dios que la fauna nocturna siempre tuviera este calibre!


Le ofrecí para hoy domingo llevarla a los Castillos de Guayana, pero miren donde ando, navegano en Internet. La llamaré en la tarde, porque la mañana no me resulta atractiva para aventuras. Debo tener un reloj o hipotálamo de murcielago o algo parecido, porque me siento un animal noctucno.

miércoles, 22 de noviembre de 2006

La anécdota favorita del momento o la niña triste de los senos

Saludos, camaradas. El mecánico me tiene vacilado. Me dañó la punta de tripoide (¡nuevo!) y no encuentra como saltarse los Bs. 100.000 que cuesta. Me vine al chat y lo dejé con el trabajo en el taller.
Ayer pasé el día dónde mi padre. Después del Internet, me puse a leer un libro de Gogol, una historia sobre cómo un campesino enamorado jode al diablo. Me leí unos periódicos acumulados, hasta que me dormí, sol de hoy.
Fíjate que durante mi ocio lo que me lanzo es pura máquina y lecturas (así sean periódicos viejos), y cuando trabajo, cuando tengo que buscar los cobres, es que me salen los chances con la tías, es decir gastos. Estoy jodido.
Si algún día te montas en mi taxi vas descubrir quien soy si, después de brindarme una cerveza, te cuento mi historia favorita, la de los actuales momentos, porque siempre ocurren cosas nuevas. Te la cuento.
Hace dos meses, dos de la mañana, en la carrera Upata de Puerto Ordaz me detienen dos parejas, muy jóvenes, de 17 a 23 años. Salían de una discoteca o tasca. A esa hora mis ojos están enrojecidos por la brisa del trabajo y por el efecto de unas "controladas" cervezas. Eso significa que extremo sin muchos aspavientos mis precauciones.
Fíjate que los dos chamos me dicen que lleve a las carajitas, que ellos se quedan, sabiendo ellos que a esa hora los taxistas no montan mucha gente, lo cual me pareció de gran raciocinio.
-Una a Chilemex -me dice uno de ellos, con acento portugués- y luego la otra a Dalla Costa, San Félix. ¿Cuánto es?
Treinta mil, le digo. Si va, oí por allá.
A continuación se montaron dos sirenitas rechulitas, hermano, que pude admirar cuando se montaban, no aspirando en lo personal gran cosa debido a la diferencia de edad. La mayor se montó adelante; la menor, atrás. Dejé a la primera en Chilemex y la que estaba atrás, no quiso al parecer ir en tan olvidado puesto, pasándose para el puesto de adelante, lo cual me alegró muchísimo, porque tenía una piernas muy bonitas, según atisbaba a la escasa luz.
Hablamos cualquier bagatela, de lo que piensan y gustan los hombres de la mujeres, y viceversa. Mientras tanto las piernas de la chica me llamaban sobremanera la atención, y las veía, exagerando mucho el trabajo de cambiar las velocidades para así echar un ojo.
De repente la chavala se queja, y me dice que a su novio no le gustan muy pequeñas. Yo le pregunto, intrigado, que a qué se refiere y ella me responde en un tono de tan angelical sensualidad que, si te lo confieso, me pertubó bastante (¡compadre, tengo 39!):
-Mis tetas -dijo, mientras se las recogía en las manos-. Les parecen muy pequeñas.
Yo enciendo la luz y echo un vistazo, adivinando unos senos pequeños debajo de la tela, pequeños pero bien paraditos.
-¡Mi amor, tu novio debe de estar loco! -le digo para consolarla, y poniéndome muy zalamero-. Te juro que tus senos están inmejorables, porque hacen juego con tu cuerpo, pequeño, bello y bien formado. Definitivamente ese tipo es un loco.
Me mira con su lindo rostro, como agradeciéndome el comentario y diciendo "¿Usted cree?"
-¡Claro que lo creo! -exclamo con mi alborado tono mientras preparo mi próxima pregunta, más de zorro y siniestra.
La luz está encendida, el vehículo en marcha y la chavala todavía somete a evaluación su busto. Yo decido ir más lejos.
-Mira, linda -le digo con cautela-, puedo darte una opinión más exacta.
Ella me mira, como midiéndome, y luego de comprender el sentido de mis palabras me pregunta, asombrada:
-¿Qué? ¿Quiere que se la muestre completa?
-Completa, sí, completa -digo yo como un bobo.





La carajita todavía en la mañana me trataba de "usted"

¡Señor, había sensualidad dentro del vehículo! Yo manejaba con el piloto automático, practicamente, porque la vaina se ponía buena.
La chica, dudando un pelo, con las manos sobre sus tetas desde hacía rato, de repente no le paró más y se sacó a flote una, rosadita como un conejo, con aureola de las del tipo grande y poblada de granuloso poros. ¡Era demasiado como para no echar el resto! Entonces afilé el ataque.
Contemplé el seno acercándome lo más que podía, ladeando la cabeza. Me deshice en halagos, que sí divina, que si paradita, que si rosadita, que si quien pudiera, que si todo...
-¿Puedo tocarla? -fue la pregunta lógica y necesaria.
Y cuando oí un "Dale, pues", después de un ratito de duda y sorpresa, me correspondió manejar con una mano en el volante y la otra sobre piloncito de carne divino. La acaricié suavemente, lo más que pude con mi ruda mano de taxista que de vez cuando se llena de grasa mecánica y cambia uno que otro tripoide.
A la chama le gustó, y yo como que le inspiré confianza, a esa hora, a las 2:30 de la mañana, pobre criatura en mis manos, a quien, sin embargo, responsablemente, tenía que llevar a su casa. Me dijo:
-Señor, usted me está alborotando...
Nadie es bruto. Ya sin mucha máscara, hablándole al humano deseo, le propuse que pasáramos la noche o un rato, según su tiempo. Le dije que me mirara bien, que si yo no le resultaba desagradable a la vista, que si le inspiraba confianza, podíamos... Le dije que deberíamos aprovechar que manejaba a la altura del puente y que nos podíamos devolver a Castillito para alquilar una habitación, que a esa hora habían muy alegres hoteles (y eran más baratos, lo cual no dije).
Me miró con recelo, y el ánimo se me cayó un pelín porque de lo carajita que era me recordaba a mi hija de dieciseis años, aunque esta pájara bonchona tenía dieciocho.
Nos quedamos en silencio un rato y cuando ya llegábamos a la UD-45, lugar de su casa (no era Dalla Costa como me dijo), pronunció la palabra mágica:
-¡Está bien!
Compadre, di la vuelta en U, aplique 120 KM/P y en quince minutos ya estaba solicitando unas cervezas y una habitación. No había. Hubo que esperar, y mientras tanto bebimos. No demostré ningún apuro para no inquietarla, pero tuve que pagarle al hotelero bajo cuerda para que me consiguiera una habitación lo más rápido, porque había el riesgo de que la carajita se rajara, y además el hijo de su madre cuando la vio fue cuando se me afincó con más fuerza, porque la chavala lucía fenomenal y comprendió mi preocupación. Yo tiraba el resto, y no podía evitar que la letra de la canción Caballo viejo cabalgara por mi mente: ..."porque después de esta vida no hay otra oportunidad".
Finalmente, llegó la hora.
No hubo mucho trámite. Se desnudó, se baño, y yo hice lo mismo. Admiré su figura mientras iba y venía del baño a la cama: duras nalgas, piernas perfectas, cintura magnífica, piel rosagante. Los senos no tanto, porque ya los tenía en mi mente.
Una vez sobre las sábanas, le hizo honor a lo que me había dicho: hizo el amor con ansiedad, con mucho sudor, oliendo a monte recién cortado, a amor robado,apurado, arrastrado sobre la hierba. Yo no dormí sino un rato. Pasé toda la noche acariciandola, admirándola, besando su piel novísima. Hacia la mañana, ella recompensó mi pleitesía complaciéndome en una petición extrema que le hice, de modo que cuando la llevé a su trabajo (7:30 AM), la había hecho mía en todos los sentidos.
Sé que cuando sea viejo este recuerdo me acompañará placentera y nostalgicamente.
Aún después de pasar la noche juntos ella me siguió tratanto de "usted", lo cual no deja de hablar de la inusual que tuve con esta nena.
Perdí el contacto con ella porque extravié el teléfono, y ella no me dio el suyo, sino que anotó el mio.

martes, 21 de noviembre de 2006

Un repele a última hora

El domingo transcurrió sin pena ni gloria. Nada extraordinario: recorridos monótonos entre San Félix y Puerto Ordaz.
El día lunes me vine al salón de Internet y me abstraí leyendo sobre política, pendiente que a la 3:00 pm tenía que pasar buscando a Rita, a quien hasta el día de hoy no he podido acuclillar. El día que quedé en llevarla al puente Orinoquia (el sábado), lo que hicimos fue charlar cerca de su casa, pues era inminente la llegada del marido. ¡Vainas con este hombre! ¡Si supiera que quiero hacer feliz a su mujer aburridita aunque sea un tiempecito! Me despidió con un beso prometedor de su carnosa boca.
Sin embargo, el hecho de estar pendiente de ella no impidió que yo saliese de la sala hacia las 5:00 de la tarde. Volé. La llamé. En el ínterin me tragué cinco cervezas de las grandes.
La tarde guayanesa, normalmente ardiente, lucía soberbia, serena, tibia, sensual... El cielo parecía el techo de una cueva, compadre, acogedora ella, de azul petróleo. Deseaba embriagarme con la flaca y luego hacerle el amor.
Cuando conversé con ella, para invitarla, me invadió el temor de que se trajera a la menor de sus niños. ¡Que rollo! Ya la oía decir: debo llevarme a la niña porque no tengo quien la cuide. Y yo decía dentro de mi: ese escudo protector no te va durar tanto. Pero nada de eso: ya se entraba la noche y otra vez el coño 'e madre de maridito andaba cerca. Fin de mis sueños con ella por el día. Arranque mi vehículo y me fui a dar unas vueltas, pero a dos kilómetros, a la pata del semáforo del Roble, el carro no cojía las velocidades. ¡Puto mecánico! Me puso un tripoide nuevo, y parece que por ser nuevo da demasiada lata. ¡Que suerte, ¿no?! La calle estaba llena de gente. Lo llamé. Lo esperé. Parecía no venir. Me bebí seis más. Me comí una hamburguesa, y al fin me decidí engrasarme las manos. Metí el bendito tripoide y me fui a casa de mi viejo pensando en el riesgo de trabajar con el carro en tales condiciones. ¡Qué se me salga el tripoide en la mitad de unos barrios de por acá! Bueno, sería el final de las entradas de este, apenas naciente. Fíjate en los barrios: Vista al Sol, Cristobal Colón, Las Batallas, Libertador, Campo Rojo, Los Sabanales. Bueno...
¡Pero que va! Llegando a casa, como a las 10:00 pm, noté las aceras atestadas de muchachas y muchachos, mujeres con sus maridos, hijas bien buenas, hablando de lo más sabroso frente a sus casas. Había vida.
Miré la casa oscura de mi viejo y me dije "¡Que va, chigüire, tan temprano no se acuesta el guerrero! Las cervezas me habían alborotado, compadre.
Me puse frenético. Busqué la telefonera y me fui hasta el teléfono público de la esquina. Eché un vistazo a los nombre de las posibles víctimas y ¡zas! di con una. Por la hora, no me podía antojar de una mujer casada, aunque las prefiera. Son mejores en la cama. Tiran con arrechera, con toda la fuerza de la frustración que les da el acostarse siempre con el mismo maridito.
Una empleada de la alcaldía. Sola. Treinta y déle. Rubia pelo pintado, delgada, buenas caderas, con un gusto especial por los ataques en su retaguardia.

Algo de esto hubo en la noche


Me fui hasta ella. ¿Dónde? Bueno, amigo, en uno de los barrios candela que mencioné arriba. Mientras manejaba, pensaba en el dios de los taxista, que no sé cual es, por cierto. El culo de la catira me aparecía sentado en la trompa del vehículo, llamándome como una sirena; y a mis costados me daba miedo ver la escena de un taxista accidentado.
Llegué a su casa sin problemas. Le brindé un tragó al papa y le tiré los perros a la hermana mientras la Catira -así la llamaremos- se ausentaba al baño o la cocina. Le dije para salir, y la madre como que me pilló, porque vi cuando a través de la ventana de la sala me lanzó un anatema. ¡Bah, qué me importa!
Me llevé a su hija hacia la vía de Upata. Le di pollo de comer. Hice que se bebiera unos tragos, y luego la pasee delante de una pila de hoteles que había por la vía. Cuando le dije lo del hotel, me dijo que había dejado a sus muchachas encerradas en la habitación. Entonces exclame:
-¡Pero mamita, si en una hora es mucho lo que se hace! Yo te regreso sana y salvita a tu casa.
Bueno, está bien: aceptó. Pero en llegando al hotel, le saqué por enésima vez la madre al mecánico: el carro hijo de puta no agarró más los cambios. ¡Qué suerte, camarada, la mía! Aunque, pensandolo bien, se veía venir.
Me puse a trabajar, más frenético que antes, pues se me podía escapar la presa. Resolví, caballo: bastaron quince minutos para arreglar la falla, luego de lo cual no hallaba que hacer con mis manos engrasadas. Pensé que era una estupidez de mi parte preocuparme por mis manos en vez de la delincuencia, que ya me daba vueltas.
En fin, la presa no se escapó. Pagué por una hora y media cuarenta mil bolívares. Y ya en la habitación, le llené las nalgas de grasa. La hice chillar un poco, pues parece que la barra le quedaba algo grande a ratos, según la posición que adoptarámos. Le puse un rato el termómetro en la boca y, finalmente, le complací su fantasía por el trasero, donde descargué todo el deseo acumulado por Rita. Fue una maravilla.
La llevé a su casa y luego me fui a la mía, sin contratiempos. Hoy, ya de día, el mecánico trabaja en el vehículo mientras yo te relato mi aventura.

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