Ayer me tocó llevar a una catira con labios muy rojitos, con aspecto de neerd, lentes gruesos, pelo color rubio, delgada, fea. Asomó su cabeza por la ventanilla para negociar el precio, apenas unos Bs.F. 5 de rebaja, los cuales pedía del monto total, que eran unos 25. El trayecto a cubrir era desde la campiña hasta el Centro Médico de San Bernardino.
Insistió mucho por esos 5 bolívares fuertes, pero yo también me negué mucho, aunque debo reconocer que el trayecto era una nimiedad yendo por la Av. Boyacá, la cual nos conduciría exactamente al mencionado centro médico. Pero me hice el duro, incomodándome un poco por las preguntas capciosas de la cliente: ¿por qué el precio? ¿Seguro que es justo? ¿Sabe cuánto he pagado otras veces?
En fin, me dijo que iba a un dentista y necesitaba llegar a las 6:00 pm. Eran las 5:30. Le dije que no le aseguraba nada, y que ya llevábamos 3 minutos hablando del precio y se hacía tarde. Se montó y entonces empezó a hablar más que una cotorra. Tenía aspecto de profesora universitaria, pero de esas loquillas trastornadas porque no han tenido suerte con los hombres. Es decir, una solitaria.
Así me lo dijo, lamentando no haber hecho como sus hermanas, que se casaron con viejos feos y verdes y luego se buscaron un amante para que las complaciera. Me dijo que se quedó esperando el príncipe azul. Me dijo ser judía, apellido Weiss, creo, desempleada, profesional, hablante de cinco idiomas, apenas trabajando como traductora por unos escasos bolívares.
A medida que siguió hablando yo me estaba sintiendo no muy seguro de su situación desgraciada. ¡Me hablaba de viajes a Margarita, de Miami, de sus hermanas viajeras y su padre engañado por una esposa que tenía amantes en Orlando, España y Venezuela! ¡Vaya desastre con la fea! Me repetía que la habían atracado varias veces y que le temía al centro de la ciudad, porque fue el sitio de sus lamentaciones. Me dijo, en fin, y por eso no le creí mucho de que fuera una pobre criatura, que la última vez que se había animado a salir con un chico resultó ser un chulo que se ofreció pagar el costo del viaje mientras lo hacia con los alimentos, quedando al final con todas las tarjetas sobregiradas e insatisfecha sexualmente, lo que menos esperaba.
Naturalmente, para que me contara lo que me contó, yo tuve que hacer lo mismo. Le hablé de todo, de mi pareja, mis hijos, mis amantes, mis viajes, rápidamente... La pobre mujer se estaba sintiendo ya a gusto y yo por mi parte estaba empezando a revisarla bien, para ver si me emocionaba. Descubrí un buen cuerpo, delgado, donde se podía explotar algo, pero no me gustaban sus ojos, desmesuradamente claros tras aquellos cristales gruesos. Me dije que de noche, en medio de unas cervezas, eso perdía importancia. Me animaba con sus labios carnosos, muy rojos.
Pero en fin, pensé en mis complicaciones presentes con varias parejas y no me quise embarrar más. Confieso que ya me la imaginaba en acción y estuve a punto de invitarla a una salida; pero callé. Me decía que aquellos labios podían ser terribles dando placer. Sabía que era no difícil que aceptara, porque se mostraba de lo más emocionada. (Ya tengo cuarenta, no me equivoco) Pero callé. Es más, hasta temí que ella misma me lo dijera, es decir, que se inventara una de que la fuera a buscar de regreso, me pidiera el teléfono y... otra aventura para este taxista.
Pero cortamos por lo sano, al menos así lo creo. Aunque no estuve seguro hasta que se salió del vehículo, porque seguía hablando conmigo con la puerta abierta. La llamaron desde un piso de la clínica y todo se acabó. Seguí con mi trabajo. Me dije interiormente que a lo mejor estaba yo envejeciendo, porque tenía que hacerle honra al dicho que recomienda que de mosquito para arriba lo que eche sangre es cacería, y yo había dejado ir a esta mamífera. En fin, me excusé con mis propios problemas y continué con mi trabajo.
A propósito de esta tía, recuerdo hace unos años haber tenido una aventura con una catira de aspecto recio, rostro severo, lentes gruesos, no muy femenina en apariencia. Resultó que al quitarle las ropas aquello era una maravilla de cuerpo y belleza. Hay mujeres así por allí, que combaten su feminidad y belleza; lo que hay que hacer es acostarlas y quitarles las ropas. Son buenas amantes, tan buenas amantes como reprimidas.
¿Buscas un respuestos para tu auto?
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martes, 19 de febrero de 2008
jueves, 5 de abril de 2007
La gordita de Botero
Profesora ella. Me pidió un servicio hasta Ciudad Bolívar, donde tramitaría unos papeles en la zona educativa. Veinticinco años, tez blanquísima, dimensiones soberbias, es decir, una mujer gruesa pero con sus curvas y un rostro bello. Tetas familiares y nalgas para todos. Le cobré Bs. 150.000 por la mañana, ida y vuelta, esperada y todo, pequeñas diligencias en la zona incluida. De presentación me dijo que tenía un hijo y un marido... cornudito. ¿Me perdonarán ustedes el cinismo?
Bueno, el asunto empezó por ahí, por el marido. Pero ya les diré.
Juro que no tenía la intención de comer mermelada tan temprana; ¡lo juro! Pero se me ocurrió comprar unas cervezas de regreso, con su consentimiento. En la licorería nos tomamos las primeras; en el vehículo, ocho. Pero mientras las cervezas iban transcurriendo, se fueron abriendo las puertas, como es normal con el licor. Yo era un oído gigante. La oí así y asá, parado, recostado sobre el volante, sin pretender seducir a nadie. La veía muy preciosa, pero me parecía de un estilo que no se correspondía con mi gusto. Grande, busto grande, con movimientos descomunales. Me imaginaba que su peso me impediría moverme con libertad a la hora de sembrar la tierra.
Ella murmuraba sobre su casa, su marido y su hijo. Me decía que la vida de un hombre como yo le gustaba, y que si pudiera elegir, nacería hombre, para sentirse libre.
La cosa iba rara. Pasó al Tema, al tema de calor, después de contarme que daba clases en el liceo X de Unare, Puerto Ordaz, y que su vocación era tratar con tarados de pocos años. Que una de sus virtudes era la paciencia. Yo la felicitaba, porque esa palabra a mi no me cabe, tratándose de criaturitas a las que hay que enseñar. Que yo era un pájaro volador y que no me gustaban las complicaciones. Algo así como un taxista con un coeficiente intelectual oligofrénico, como suele la gente creer.
Lo cierto es que hacerte el estúpido con las mujeres, es decir, no mostrar deseo, ni que le interesas, y que más bien eres como un bicho raro, da buenos resultados. Es como si ellas se ofendieran de que haya por ahí un ser vivo capaz de indiferencia con respecto a ellas. Entonces actúan, insólitamente. Casanova, el mismo Casanova hizo demasiados esfuerzos al no enterarse del secreto.
Pasó hablar del marido, del sexo, del sexo con compromiso y del sexo libre. De sus relaciones insuficientes con su marido, y en este punto yo le daba la razón, porque, dado su tamañó, había que tener suficiencia. Luego cayó en un tema medio escabroso, donde se enredaba confusamente. Parecía no conseguir cómo transmitirme que su fantasía era que una mujer la poseyera con una hombruna virilidad. Me dijo que hubo un hombre antes que su marido, y que, si bien la penetraba magníficamente, de resto era una bestia, no resistiéndolo una mujer de su delicadeza. En cambio, el marido actual era bueno bueno como un santo, y que por momentos llegaba a temer convertirse en una mujer de esas elegidas, con un vientre sagrado, parturienta de algún mesías. Le aburría, pues.
La cuarta cerveza fue demasiado para su temperamento exicitado dentro del vehículo. Puso su mano jovialmente en mi pierna, de modo tal que yo, siendo mayor, me sentí un chavalo ante el gesto. Allí dijo que sí, que le encantaba mirar las escenas de mujeres entijeradas, y dijo que su marido la censuraba. Preguntó, apretando su carnosa mano en mi rodilla, qué cómo la veía yo, me refiero, al asunto, que qué le parecía, que si yo no tenía una fantasía que le contase. Respondí que era una página en blanco, y que me parecía demasiado interesante lo que oia.
Me pidió que bajase la velocidad, de modo que tardáramos lo más que pudiéramos para llegar a Puerto Ordaz. Me preguntó que si ella no me gustaba, y me lanzaba miradas de becerro amansado. Vaya, la tenía buena una vez más en la vía, pero ya no me sorprendo, lo digo sinceramente y sin ánimo de jactancia. La tías ya me parecen hombrunas de tanto que atacan a los hombres.
Después de preguntarme si sabía besar, me pido una prueba. Como pude, lo hice. Metió la mano en mi entrepierna y yo hice lo mismo, pero la retiré rápido. Aquella fémina de Botero estaba que ardía. La bese. Ella no se descamisó pero sí saco sus enormes tetas al aire libre para que yo las disfrutara. Le dije que no había hoteles en la vía a casa, pero en el fondo yo no me hacía a la idea de pisar aquella pollota, o viceversa.
Diré la verdad, no me sentía atraído por la muñecota. Ella me tocó, yo la toqué. Me besó, la besé. Le dije que la deseaba, y ello lo hice como por costumbre. Al fin del cuento, yo sabía que no iría a descubrir por el camino un lugar decente donde hacerle el amor, y ello me tranquilizó.
Pero aquella figura de Botero, como dije, tenía otra idea. Antes de llegar a la alcabala, me preguntó:
-¿Crees que acabes, si te lo beso, antes que lleguemos allá?
Yo, taxista ignorante, dije "No sé". Ella se afanó sobre mis piernas un rato, después del cual le contesté:
-No lo creo -deteniendo el vehículo-. Todo esto es demasiado para mí. Dame más tiempo.
Fue una buena experiencia, muy fuerte, más de lo que esperaba. Así es la vida. Tuve la particularidad de vaciar mis entrañas una primera y segunda vez.
Naturalmente, y esto lo aclaro: me pagó los ciento cincuenta mil y me dio cita para el fin de semana. El trabajo nada tenía que ver con los placeres. Supongo que es una de esas especiales criaturas que consiguen placer dándolo.
Bueno, el asunto empezó por ahí, por el marido. Pero ya les diré.
Juro que no tenía la intención de comer mermelada tan temprana; ¡lo juro! Pero se me ocurrió comprar unas cervezas de regreso, con su consentimiento. En la licorería nos tomamos las primeras; en el vehículo, ocho. Pero mientras las cervezas iban transcurriendo, se fueron abriendo las puertas, como es normal con el licor. Yo era un oído gigante. La oí así y asá, parado, recostado sobre el volante, sin pretender seducir a nadie. La veía muy preciosa, pero me parecía de un estilo que no se correspondía con mi gusto. Grande, busto grande, con movimientos descomunales. Me imaginaba que su peso me impediría moverme con libertad a la hora de sembrar la tierra.
Ella murmuraba sobre su casa, su marido y su hijo. Me decía que la vida de un hombre como yo le gustaba, y que si pudiera elegir, nacería hombre, para sentirse libre.
La cosa iba rara. Pasó al Tema, al tema de calor, después de contarme que daba clases en el liceo X de Unare, Puerto Ordaz, y que su vocación era tratar con tarados de pocos años. Que una de sus virtudes era la paciencia. Yo la felicitaba, porque esa palabra a mi no me cabe, tratándose de criaturitas a las que hay que enseñar. Que yo era un pájaro volador y que no me gustaban las complicaciones. Algo así como un taxista con un coeficiente intelectual oligofrénico, como suele la gente creer.
Lo cierto es que hacerte el estúpido con las mujeres, es decir, no mostrar deseo, ni que le interesas, y que más bien eres como un bicho raro, da buenos resultados. Es como si ellas se ofendieran de que haya por ahí un ser vivo capaz de indiferencia con respecto a ellas. Entonces actúan, insólitamente. Casanova, el mismo Casanova hizo demasiados esfuerzos al no enterarse del secreto.
Pasó hablar del marido, del sexo, del sexo con compromiso y del sexo libre. De sus relaciones insuficientes con su marido, y en este punto yo le daba la razón, porque, dado su tamañó, había que tener suficiencia. Luego cayó en un tema medio escabroso, donde se enredaba confusamente. Parecía no conseguir cómo transmitirme que su fantasía era que una mujer la poseyera con una hombruna virilidad. Me dijo que hubo un hombre antes que su marido, y que, si bien la penetraba magníficamente, de resto era una bestia, no resistiéndolo una mujer de su delicadeza. En cambio, el marido actual era bueno bueno como un santo, y que por momentos llegaba a temer convertirse en una mujer de esas elegidas, con un vientre sagrado, parturienta de algún mesías. Le aburría, pues.
La cuarta cerveza fue demasiado para su temperamento exicitado dentro del vehículo. Puso su mano jovialmente en mi pierna, de modo tal que yo, siendo mayor, me sentí un chavalo ante el gesto. Allí dijo que sí, que le encantaba mirar las escenas de mujeres entijeradas, y dijo que su marido la censuraba. Preguntó, apretando su carnosa mano en mi rodilla, qué cómo la veía yo, me refiero, al asunto, que qué le parecía, que si yo no tenía una fantasía que le contase. Respondí que era una página en blanco, y que me parecía demasiado interesante lo que oia.
Me pidió que bajase la velocidad, de modo que tardáramos lo más que pudiéramos para llegar a Puerto Ordaz. Me preguntó que si ella no me gustaba, y me lanzaba miradas de becerro amansado. Vaya, la tenía buena una vez más en la vía, pero ya no me sorprendo, lo digo sinceramente y sin ánimo de jactancia. La tías ya me parecen hombrunas de tanto que atacan a los hombres.
Después de preguntarme si sabía besar, me pido una prueba. Como pude, lo hice. Metió la mano en mi entrepierna y yo hice lo mismo, pero la retiré rápido. Aquella fémina de Botero estaba que ardía. La bese. Ella no se descamisó pero sí saco sus enormes tetas al aire libre para que yo las disfrutara. Le dije que no había hoteles en la vía a casa, pero en el fondo yo no me hacía a la idea de pisar aquella pollota, o viceversa.
Diré la verdad, no me sentía atraído por la muñecota. Ella me tocó, yo la toqué. Me besó, la besé. Le dije que la deseaba, y ello lo hice como por costumbre. Al fin del cuento, yo sabía que no iría a descubrir por el camino un lugar decente donde hacerle el amor, y ello me tranquilizó.
Pero aquella figura de Botero, como dije, tenía otra idea. Antes de llegar a la alcabala, me preguntó:
-¿Crees que acabes, si te lo beso, antes que lleguemos allá?
Yo, taxista ignorante, dije "No sé". Ella se afanó sobre mis piernas un rato, después del cual le contesté:
-No lo creo -deteniendo el vehículo-. Todo esto es demasiado para mí. Dame más tiempo.
Fue una buena experiencia, muy fuerte, más de lo que esperaba. Así es la vida. Tuve la particularidad de vaciar mis entrañas una primera y segunda vez.
Naturalmente, y esto lo aclaro: me pagó los ciento cincuenta mil y me dio cita para el fin de semana. El trabajo nada tenía que ver con los placeres. Supongo que es una de esas especiales criaturas que consiguen placer dándolo.
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