¿Buscas un respuestos para tu auto?

¡Ve al final de la página!
Mostrando entradas con la etiqueta oficio de taxista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta oficio de taxista. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de abril de 2009

Del aventurero aprisionado por la presa, por los momentos… Algo sobre mi.

Sí, ya sé, es fácil adivinarlo; se preguntan qué es lo que pasa conmigo, que escribo poco ahora, como dijo un comentarista en el chat.  “El carajo se estará llenando” –no faltará quien lo diga, aludiendo a la manía de puro trabajar y no dejar tiempo para el ocio que se figuran ocurre conmigo.

Pero no es así.  Ya sé que los ricos están completos y yo, por favor, con mi humilde trabajo no aspiro a tal.  ¡Por favor!  ¡Y menos trabajando diez u ocho días al mes, lo cual apenas me deja, sólo por concepto del vehículo, unos 3 mil BsF.!  ¡Por favor!   No me ofendan.  El dinero para mí, para hombre tan aventurado en tan aventurado trabajo, es una pura herramienta de momento presente, sin propósitos de atesorar nada, dado que mañana pudiera amanecer en mejor vida, encunetado en cualquier sitio.

Es la verdad.  No me gusta guardar ni pensar en el futuro.  No soy nada altruista en tal sentido, es decir, no ando por allí asegurándole el futuro a nadie más allá de lo estrictamente necesario.  No vaya a ser que me pase como a los piratas en tiempos pasados, que saqueaban (era su trabajo) y luego se iban a una isla a guardar el botín en un sitio encontrable sólo a través de un mapa, para morirse luego como unos huevones.  ¿Tiene sentido?

Yo uso el dinero presente para dos cosas, una egoísta y otra altruista:  primero para mis gustos, que ya todos los conocen (por cierto, dejé de tomar ron y ahora bebo whisky, aunque me siguen gustando las morenas); dos, para mis descendientes, para quienes soy lo suficientemente machista como para no declararme incapaz de atenderlos. (Aclaro: no mantengo (lo que se llama mantener) a ninguna mujer, ni a la propia ni a las aventuriles más allá de la aventura. Mis compañeras trabajan y ganan su dinero).

Lo demás, es decir, dinero y tiempo que sobren, se me va en más aventuras, en tratar de ser feliz con el aire libre (ese mismo que te da en la cara mientras el vehículo está en marcha), a sabiendas que ¡pum! la vida se acaba en cualquier momento.

Conozco muchos que han ahorrado y han dejado sus haberes para otros; conozco muchos (¡y cuántos!) que se han portado excelentemente como maridos y ¡zas! su mujer me invita a que le haga una “carrerita” sobre la cama.  También conozco a muchos hijos de putas que tienen una suerte de los mil diablos, con mujeres limpias, suerte con el dinero y otros macundales que la vida tiene a bien darte.  ¡Para santo un convento, para diablo la calle!

No diré que pertenezco a este último grupo, dado que no tengo la prueba científica de que mis mujeres (ojo, las legales) no me hayan hecho la jugarreta con otro vagabundo taxista de mi gremio.  Pero, caramba, te digo, que casi me atrevo a perder una mano si se tratase de una apuesta.

Lógicamente hablo de mis chicas de vida, compañeras, dos, en los actuales momentos.  Las otras son materia de diversión en la calle, en las playas, en los paseos extra-urbanos y lo infinitos hoteles (con calma, sé cuidarme de las enfermedades y me presumo de tener suficiente ojo para oler situaciones que no valen la pena, es decir, el gusto).

Y bueno, a propósito, si querían que les dijera algo de mí, les digo eso:  llevo hoy una vida doble, con dos compañeras ahora digamos “legales”, la última de quien le he hablado (una pasajera ¿recuerdan?), la misma que ansía un embarazo, y la de siempre, de quien –por supuesto- no les soltaré una flor.  ¡Ajá! Se imagina que si fuese una magistrada o política de altura se los iba a decir. ¡Que va!

Para suplir semejante tren (para atender a la “otra”, me refiero) he acoplado el horario a ocho o diez días al mes, como les he dicho, hecho que me hace confesar que todavía no me canso tan rica criatura, y cosa que sé que indefectiblemente ocurrirá, aunque no creo que me vuelva a dilatar tanto con una tan deliciosa pasajera. 

La vaina es que ahora resulta que son dos mis dolientes que no quieren que trabaje con el taxi, porque dizque me voy a morir de un momento a otro.  Pero no hago caso.  Mis oídos se han sellado a las palabras, del mismo que a las vicisitudes de las calles: el ruido, las groserías de los de más conductores, etc.  Es mi oficio, mi modo de vivir, y punto, del mismo que se era navegante, aventurero o pirata en el pasado.  Simplemente manejo.

Tengo la esperanza de volverlos a ver pronto, estimados lectores (si es que tengo uno, aunque sea uno). Estoy intentando organizar mejor mi tiempo para poder referirles mis experiencias. Siempre hay algo que contar. Estoy pensando en comprarme una computadora portátil para, mientras me paro por allí , referirles las aventuras de la calle. Ya hablaremos.

miércoles, 16 de julio de 2008

Un día de trabajo bajo la lluvia y los maravillosos pasajeros

Imagen tomada de Google Imágenes Ayer cometí una falta.  Lluvia lenta en la ciudad, tráfico congestionado, pasajeros con dinero en el bolsillo, intentado convertir un día martes en una fiesta, a pesar de los signos adversos de la tarde.  Era día de paga. Fresquito, saliendo del estacionamiento, tomo desde el centro una pareja hacia La Vega, quien venía molesta porque el anterior taxista pretendió cobrarle BsF. 40, dada la lluvia y las colas.  Me preguntan y pactamos por 30.  Se montaron corriendo y ya a poco trecho me dije no que la carrera fuera barata, sino que no debió hacerse nunca.  Había cola en la cota 905, llegando a la entrada de La Vega y en La Vega misma.  Llegaron hasta la PTJ, por la vía principal.   (Nada más faltaba que los llevara hasta su casa, allá en el nº 514 de la curva del diablo, después de 102 escaleras, por la módica suma de BsF. 30, y una probable rebaja de 5).

Después me fui hacia la avenida Páez del Paraíso, con el ansia de quien quiere ver un claro en medio de la barahúnda vehicular.  Y en efecto, fina estaba.  Allí tomé una parejita hasta el Sambil; BsF. 40.  No se lo podía creer, como yo tampoco me lo quise creer después que pretendiera yo mismo llevarlos hasta ese lugar endiablado.  Era otra de esas carreritas que no se hace.  Todo hueco estaba tapado.  Los estudiantes habían trancado la Plaza Venezuela con unas protestas.  Era la hora de lucifer citadina.  Y me dije:  "Definitivamente, Juan, hoy no te bebiste el café acostumbrado para despejar el cerebro, pequeñito hoy".  Cuando no falla el automóvil, lo hace el chofer.  De sobra estoy alerta contra estos descuidos y, sin embargo, véase cómo cae uno en la rutina de los descuidos.

Pero lo que vino fue mejor, ya con una dulce ironía.  Después de dejar a los culones que iban al Sambil en Plaza Venezuela (no se aguantaron la cola en la avenida Libertador y pelaron por el Metro), me di de frente con una doncella que iba súper apurada.  Me rogó que me detuviera.  Me instruyo para que la llevara al Helicoide en tiempo record.  Su desflorador la esperaba ahí en la sede de la Disip y al parecer no tenía mucha paciencia.  Me contaba por el camino que en su trabajo se enredó con el maquillaje y que por eso iba tarde.  Que nosotros los hombres éramos una plaga de impaciencia. La detallé a la pájara, y estaba rebuena, pero no tuve pensamientos donjuanescos porque iba ella en afán de amor, como se ve.   Le cobré BsF. 25, desesperado ya por hacer un viaje sin colas, o por lo menos más aliviado, o con destino más cercano. En fin, por alejarme de la candela del trafico.

Bueno, llegué frente a la UCV, me comí una flechita que hay allí en la Plaza de las Tres Gracias y me salté una monstruosa cola de la avenida Roosevelt; salí hacia la altura de la iglesia San Pedro, accesando el túnel del principio de la avenida victoria y ¡pum!, ya había llegado.  La bella chica quedó encantada; pago con BsF. 50 y no esperó cambio.  Salio volada de mi unidad, prodigándome una sonrisa preciosa de agradecimiento.  "El cambio es suyo".  Tardé 10 minutos, de modo insólito.

Seguí dando vuelta, pero deplorando de tanto pasajero miserable que uno se consigue en la vía, comparándolos con capítulos sabrositos como éste último.  Con pensar que la parejita que iba al Sambil o a La Vega vinieron siempre con la actitud de que se les estafaba (¡qué bolas!), se tiene para botar la bilis un rato.  ¡Si esas carreritas, hijos de sus madres, ni con BsF. 80 cuadran al bolsillo de la justicia, si vamos al caso!  Mejor dicho, nunca debieron ser tomados, de lo poco conveniente que resultaban.  No existen precios altos en el cobro del servicio taxístico; existen carreritas que no deberían hacerse y punto.  Que el conductor tenga buen tino es lo que hace falta.  Y el cliente que no quiera tener sentido común, que imagine que vive en un paraíso de lugar, ¡que se joda!  Los he oído exclamar en lugares peligrosísimos  "¡Aquí es sano; todos me conocen; nadie me hace nada; llevo 50 años!"  Y yo en la mente:  "¡A tí, huevón, que no debes valer un atraco; lo que soy yo, no vuelo porque manejo un carro!"

Pero vea mejor la "lluvia de los descuentos", como quieren llamarla los pasajeros.  Quizás no se deba ni trabajar ni tomar taxi en semejantes condiciones; pero si se hace, ¡coño, piénsese y aguántese!  (Video tomado por "La Flecha", un pana a quien le pedí grabara el aguacero), pleno centro de Caracas.  Lo que no se ve al fondo es el madre Ávila.

martes, 22 de mayo de 2007

De la piratería y otros taxis



Poco antes de manejar mi propia unidad legal, placa amarilla, "pirateaba". Salía a las calles con vehículos particulares a cazar pasajeros en las horas y espacios más concurridos de Caracas, Ciudad Guayana o Yaracuy o Lara, según donde me domiciliara. Fíjate si he rodados por estas calles. Primero fue un Fiat Spazio superbueno que la suerte me deparó; posteriomente otro buen carro, un Fiat Uno. Recuerdo de aquella época que tenía andar con muchos ojos abiertos, pues tránsito terrestre andaba por allí pendiente del "martillar" a los incautos "piratas". Ello para mi resultaba harto desagradable, porque me sentía como un marginado, suerte de ladronzuelo que salía a quitarle los cobres a otros, es decir, a aquellos taxista de profesión que estaban debidamente registrados en su municipio. Debía andar escondiendo el aviso por las avenidas y calles de Chacao, Caracas, donde las manos de los fiscales ponen boletas de modo hasta instintivo; muchas veces me veía obligado a preparar a los pasajeros, colocando en sus labios las palabras salvadoras de pellejo taxístico. Y muchos de ellos lograron su cometido, formando broncas de reclamos ante una situación injusta para un pobre trabajador del volante como yo. Como decir, hacía mi situación suya.

Hoy leo una nota sobre el taxismo pirata en la ciudad de Manta, Ecuador, ciudad de puertos y muy turística. De acuerdo con cifras, tienen un registro de 2.000 taxis registrados (suficientes para su población), pero las autoridades y gremios del taxismo alegan que la piratería, estimada en 500 vehículo, atenta contra el bienestar de los trabajadores del volante, además de afectar negativamente a la usuario, debido a la inseguridad. De acuerdo con la nota, los "taxistas" se han visto incursos en situaciones de asalto y crímenes.

En nuestro país el asunto del control de los taxis y taxista ocurre de acuerdo con el principio causa-acción-efecto: sin en un lugar determinado mueren en un mes diez taxistas (como en Ciudad Guayana, por ejemplo, lugar de mucho peligro para tal actividad), entonces se implementan los "mecanismos", que la mayoría de las veces se traducen en acciones superficiales, sin mucha penetración hacia la raíz del problema, desde donde realmente se incide el lo estructural del problema. Instalan alcabalas, arrancan papeles ahumados de los parabrisas, lanzan un chorro de luz potente a la cara del taxista, te aparcan a la derecha para revisar el maletero y a veces te piden una pequeña colaboración para atenuar un poco la sal del sudor del cuerpo. Cierta vez trasladaba por la vía de Unare I, Puerto Ordaz, a unos ciudadanos chinos, y al llegar a la altura de la alcabala fueron avistados por unos patrulleros motorizados: se los llevaron a un lado, le pidieron los papeles, los imputaron de falsos, cobraron ciertos montos y de paso se los llevaron para un más meticuloso matraqueo -supongo. Aunque debo reconocer que tuvieron la gentileza de pagarme los Bs. 10.000 de la carrerita.

El discurso de que el taxista pirata es una plaga para la sociedad normalmente suele proceder de la boca de los gremios que se siente amenazados en sus ingresos cuando corroboran con furor como circulan vehículos no autorizados en la calles haciéndole la competencia; o de boca de las autoridades cuando se sienten desbordadas por el impacto del número de muertes relacionado con el trabajo de cargar pasajeros.

Seamos claros: es muy tentandor tener un vehículo capaz de alojar 4 ó 5 personas y no salir a explotarlo comercialmente en horas muy críticas del tráfico en la ciudad, o en lugares muy rentables como centro comerciales, terminales o sitios de distracción pública. Véase el asunto de fondo: ¿el "pirata" será un ciudadano con necesidad de unos cuantos cobres (desempleado) o será un jodedor cualquiera que sale a divertirse fregándole la paciencia a los "dueños" del mercado taxístico? ¿O será que el pirata se aventura a "robarle" el trabajo a otros por la sencilla razón de que no existen mecanismo de control en la ciudad que se lo impida? ¿Con que moral las autoridades de gobierno pueden exigirle al usuario que aborde un vehículo debidamente permisado si ellas no han implementado campañas de educación sobre el colectivo que oriente su conducta hacia lo "legal", ni han dejado patente qué ventajas tiene el ser un conductor agremiado, debidamente permisado, ni han implementado controles o recomendaciones de precio, o taxímetros, ni mucho menos han dejado claro a través de ordenanzas cuáles son las penas para los conductores que infrinjan la ley? ¡Vamos, vamos...!

¿Quien puede obligar a un ciudadano a abordar a un taxi debidamente registrado que cobre carísimo en vez de un pirata caído del cielo que antepone una tarifa solidaria? Son preguntas, inocentes preguntas.

En cuanto a la inseguridad, véase, si se tuviera un completo registro de taxis y taxista, gremios, particulares y hasta piratas, la cosa mejoraría muchísimo a la hora investigar y establecer responsabilidades a la hora de los delitos. Una pequeña atención del municipio sobre su colectivo mejoraría bastante la cosa, y me estoy refiriendo a la dotación de transporte que no convierta un infierno las horas picos, lo cual suele atraer a los estigmatizados piratas o cualquier otro carro particular tentado de hacerse con unos cuantos cobres aplicando unos cuantos zarpazos de volante. Échele un ojo a la ciudad de Altavista, Puerto Ordaz, a las cinco de la tarde. Allí campea el diablo. No hay control. Sobra la gente esperando un carro para ir a descansar a su casa después del trabajo. Unas camionetas con cabinas traseras llamadas "perreras" suelen convertirse en la solución: como en lata de atún, comprimen la carne de los insólitos pasajeros. Los taxistas, de todas las pintas, hacen su agosto, cobrando tarifas que llegan al cielo. Los piratas, delincuentes u honestos padres de familia, se redondean unas monedas, y hasta los aberrados que salen al ruedo a satisfacer pervertidas fantasías aprovechan el maremagnum para lanzar el anzuelo. ¿Se acuerdan del taxista violador aquí en Ciudad Guayana? ¿O de los "pasajeros" asesinos en serie de taxistas? ¡Vamos, vamos...! Menos palabras y más cordura.

En Ciudad Guayana la norma en materia de taxi es el llamado "pirata": es él quien resuelve los apuros de los usuarios. Pocos vehículos, como dije en uno de mis anteriores artículos, tienen el estatus de taxi con todas las de la ley, a no ser los taxis de supermercados o centros comerciales, quienes pagan una plaza. Mientras haya problemas en la base misma de la estructura del tráfico en la ciudad, el particular o "pirata" dará una solución a las insuficiencias y nadie puede estar en contra de ello. Yo estoy de acuerdo. Si hay desempleo, hay que buscar los cobres; sin los precios de los taxis "decentes" son excesivos, hay que ahorrar un poquito como pasajero.

Aquí en Caracas la hora del diablo empieza a la 4:30 pm y se extiende hasta las 7:30 pm, en la tarde; en la mañana, desde 6:45 am hasta las 9:00 am.

A margen de todo lo dicho, yo cojo palco y salgo en mí vehículo a dar vueltas, a solucionarle el problemas a unos cuantos desesperados mientras me hago con unos cuantos bolívares; pero sinceramente salgo más que todo a la calle es a sentir una sensación maravillosa de libertad, de compenetración con la ciudad y sus elementos, mientras trabajo. Amo el aire libre y el movimiento, y amo mi pensamiento discurriendo por todo el laberinto de la ciudad. Las calles son una escuela de la vida para mí, y los detalles del espectáculo del mundo son una fuente de conocimiento del ser humano. ¿Cuántos tipos de personas? ¿Cuántas situaciones? ¿Cuántas conversaciones? ¿Cuántas divinas aventuras? ¿Cuántos amigos?

Diré que tales sensaciones me llegan a mí siendo taxista, pirata, agremiado o registrado. Da igual.

lunes, 12 de marzo de 2007

Taxismo: reglas de seguridad laboral


(1) No aceptes en lo posible pasajeros con camisas, chaquetas o franelas por fuera, y una chaqueta menos si en la región el clima no lo hacer necesario. No tomes pasajeros que puedan ocultar un arma.
(2) Los borrachos, cuando tú no estás incluido, causan muchos problemas: se orinan, se vomitan y en muchos casos pueden intentar agredirte. Hay muchos armados por ahí.
(3)Una vez que se aborda un pasajero y se ha hablado con él respecto de adonde se dirige, no te detengas en la vía. Podría ser un asaltante que espera por su compinche más adelante. Pregúntate: ¿sentido tiene pararse aquí, sin habérmelo anunciado antes?
(4) El pasajero que no sabe para dónde va es sospechoso en primer grado. Así gana tiempo y te hace caer en ambigüedades mientras espera el momento para darte el zarpazo, supuesto que sea atracador. No hagas paradas.
(5)Trata en lo posible de montar en tu vehículo un único pasajero para eventualmente hacer menos probable el sometimiento. No montes más de uno, en lo posible.
(6) Las historias de hombres tristes, con problemas, por ejemplo abandonado por sus mujeres y sin dinero, son una forma de llegar con confianza a ti. Evita perder la subjetividad. Las historias de hombres que salen de la cárcel son típicos argumentos para acobardarte. El asaltante es un buen mitómano.
(7) Sin perder la amabilidad formal de tu trabajo, un tono cínico y una pose de conocedor de la calle, arrugará el espíritu de un delincuente que empieza, pues nunca se sabe donde va a saltar la liebre. Nunca se sabe: tú puedes ser material de escuela de un principiante. El taxista es un tipo de mundo, que no teme.
(8) Desconfía de todo aquel sujeto que en aspecto exterior aparente con gran notabilidad ser o pertenecer a algo. Es el gancho más típico para el engaño. Es lo que hace que luego nos lamentemos diciendo "Me atracó un predicador, ¿puedes creer: sacó su arma de la una Biblia hueca?" Cualquier pinta puede ser un buen disfraz.
(9) Las mujeres deliberadamente atractivas no son pan para comer sino para sospechar infusiones de veneno. Generalmente son varias y te "montan" un teatro. Un camino de rosas suele conducir al infierno.
(10) Si alguna vez tienes la certeza de muerte corre y amenaza, abrochándote con antelación el cinturón de seguridad. Un impacto vial nunca está en los planes de un delincuente.
(11) Los asaltantes generalmente son unos cobardes. Amenaza, siempre amenaza si comprendes la inutilidad del ruego. Que si ir a la cárcel por esto o aquello, que si la vía está atestada de policías, afectando a los a los pobres asaltantes, que si patatín, patatán.
(12) Utiliza constantemente la visión periférica, de no lograr que el pasajero se monte adelante. Es más fácil el asalto desde las espaldas.
(13) Ten mucho cuidado en los semáforos, desde afuera y desde adentro: hasta te pueden dejar a pie, esperando el cambio de luz para peatones.

domingo, 11 de marzo de 2007

Yo y el taxi, mi taxi y yo


Os presento mi vehículo de trabajo y otras cosas. ¿Detallan ese cielo plomizo del fondo, con chaguaramos? Bueno, por ahí saco la cuenta de que la imagen fue tomada en oriente o en Caracas. No lo recuerdo. Pero es comprensible, ¿cierto? Ruedo de allá para acá y viceversa. Probablemente la haya tomado en Caracas, a juzgar por la bandas laterales fluorescentes amarillas, pues allá pasé más tiempo con ellas. Actualmente no las tiene, pero aquí en oriente las tuvo en un principio. En fin, soy yo, mi taxi.
Me salió de primera. Siete millones, Cielo Daewo, 2.001, full dotación, aunque aborrezco el aire acondicionado (me gusta el calor, hace sentir vida. Los dinosaurios deben estar congelados en la parte sumergida del hielo, después de la glaciación). He recorrido ya con él trescientos mil kilómetros, puro Venezuela, y me dicen que me deshaga de él porque está próximo el momento de hacer la máquina. Le llamo el burro, porque no he podido tener mejor esclavo, tan rendidor. Y lo que falta... Yo no quiero dejarlo. ¿Qué les parece? El taxista enamorado...
He sobrevivido con él atracos, persecuciones, maridos celosos, mujeres orgásmicas y otras tantas visicitudes. Lo más seguro es que este año nos despidamos.
Pero... ¿saben algo? Hay algo que se queda conmigo para siempre. ¿Qué será? Recuerdos, hermano, recuerdos. ¿Os imaginais? El viejo de noventa años (si la delincuencia no me asesina de aquí allá) recordando como le daba a la tías en el asiento trasero, con las patitas sobre el hombro, vibrando como un animal que muere; o los viajes plancenteros a la gran sabana, o las mujeres fieles de Yaracuy, o la candela del oriente venezolano, o las mujeres cacheras de Caracas, o las puticas de Mérida y Táchira, o las indias complacientes del Amazonas... Una vez en Puerto Ordaz -les cuento rápido- enredé a una prima y le dije viajemos hacia cualquier lugar, a Bolívar -le dije-, vamos a Bolívar. Antes de llegar al peaje de salida de Puerto Ordaz paré a orinar, y ella también. La luna estaba redonda, demasiado impresionante, y yo desde mi deseo de hacerle el amor a la chica, veía en ella la forma de una mujer desnuda. Cuando regresó de la orilla del camino la senté en la parte delante y la besé, la apreté, toqué sus tetas, baje su ropa. La acosté boca abajo sobre el capote... y aquello fluyo como miel. Fue todo rápido, pues yo no tenía la confianza suficiente con ella como para tocarle una mano. Pero parecíamos cumplir órdenes, órdenes del animal deseo. Después en la ventanilla, puse una de sus piernas en la ventanilla. ¡Cómo olvidar!
Bueno, y los panas, y sus largas historias sobre mujeres, los tragos y visitas a las tascas. Y la velocidad, la brisa poderosa pegándote en la cara mientras taladras el firmamento en busca de nuevas aventuras.
En fin, me he presentado con algo mío: el taxi.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Conteniendo las emociones

Lunes hasta jueves: nada extraordinario, trabajando más que todo en las noches, con la rutina propia de los taxistas a esa hora, sobretodo la mía, que ustedes ya conocen.
Dos cosas no más, dignas de comentar.
La primera, el martes por la noche boté la piedra a millón. Después de tomar dos vejucas en la pata de una barriada y arrancar para tomar el canal izquierdo, tuve lanzarme bruscamente hacia la orilla para evitar un Alonso Fórmula Uno que apareció en mi retrovisor. Le saqué la madre con toda la intensidad del momento, pero en silencio para respetar a las doñas. El asunto es que mientras me afabana en sacar madres con maldiciones añadidas, no me fijé en algo abombado que confusamente distinguí a última hora: un perrito muerto, pobrecito él, lleno de toda la fragancia de un jardín.
Explotó debajo de mi vehículo, y luego fui yo el que me abombé de la ira, la cual se incrementó con los estúpidos lamentos de las señoras, que ustedes pueden imaginar. Que si huele mal, que que si mala suerte, que si vomito. ¡¿Pero que acababa de pisar: un canasto de flores!? Quería decir algo así, pero me contuve y guardé silencio, esforzándome como un monje tibetano que controla sus emociones. Quería también preguntar a las damas si cuando salían de su barriado no había tenido la necesidad de saltar charcas, barros, basureros... Bueno, así son las emociones.
Decidí correr para pasear el vehículo fuertemente contra el viento, pero la fragancia me acompañó hasta el destino de mis pasajeras, a quienes tuve que soportar como llevo dicho. Ellas escupían y hablaban.
En fin, después de dejarlas, jale el carro hacia un monte y lo masajeé un rato contra los arbustos.
El otro hecho es una chica de dieciocho que conocí el miércoles, quizás como compensanción por lo del perro muerto.
Como a las 12:00 am me pare frente a una rejas que daban la idea de una venta. Pregunté si no vendían cervezas. Un hombre canoso me cayó y me dijo que sí, que pasara, que yo tenía suerte, que estaba invitado a su cumpleaños, que estaban a punto de picar la torta. Dije que no, que trabajaba, pero en el acto me arrepentí, porque desde una puerta del fondo de la casa vi salir a dos juveniles criaturas del sexo femenino.
Rectifiqué y entré. Me instalé en una mesa y desde allí posé mi vista sobre una descomunal muchacha, invitándola a sentarse conmigo.
No me hizo gran caso al principio, pero insistí y al rato compartía conmigo unas cervezas.
Empecé a hacer mi trabajo masculino, atacándola, halagándola, mirándola con galantería y sano deseo de amor. Bebí como diez cervezas y empece a sentirme como un joven de veinticinco, confiado en mi galantería. La chica resistía, y me miraba como diciéndome "¡Ya va, déjeme responderle!"
Yo seguí. Le dije que me había molestado en cesar un rato en mi trabajo por causa de ella, quien me deslumbró desde el principio.
Hablé de todo con ella, enterándome de su escasa experiencia vital, al menos en sus capitulos más resaltantes. De donde venía, que hacia, que estudiaba, si tenía pareja, si se aburría en su casa...
En fin, empece a sonsacarla para salir en el momento fuera de esa casa, si era posible. Entonces me frenó y me recordó que ella tenía dieciocho años y que yo le hablaba como a una mujer muy corrida. A mí se me antoja preguntar si eso tenía importancia, del mismo que hay la tendencia a no darle gran importancia a la virginidad en la actualidad.
Me tranquilicé un poco y fui más cortés, logrando al final de la conversación su teléfono y un breve roce de labios que me dejó encendido.

Bueno, tuve que frenarme un poco con la chavala


La bautizaremos como Rosa, y se las presento con todo el gusto del mundo, como sustituta por los momentos de la complicada Rita, quien -por cierto- me ha estado llamando al teléfono de mi padre, y a quien he sometido a un terapia de alejamiento por los momentos.
Por cierto que en su última llamada la Rita me comprometió para hoy viernes en la tarde, pero también lo estoy con Rosa. Veremos: si Rita o Rosa.
Al menos cuento en estos momentos con dos opciones.

jueves, 23 de noviembre de 2006

Tres días en blanco


Sólo prensa, como si fuera un viejo de plaza. El vehículo ha estado detenido, y con ello mi actividad. Me he lanzado un estilo de vida apacible, bohemio, casero, gastando los cobres acumulados no más. He dejado a Rita en paz, para darle coco todas estas horas pasadas. Le mandé un correo, hablándole de lo amplio y sabroso que puede ser el mundo. Mañana viernes, hora en que las hormonas se alborozan, le lanzaré un piquete. Por los momentos, como me entregaron hace ratito el vehículo, divago. Es noche. Se siente un gran vacío sin hacer nada. Dan ganas de quedarse echado y al mismo tiempo salir soplado del lugar. Tengo el vehículo, y también mis reservas sobre la rueda y el hijo de puta tripoide, para no meterme con el mecánico. Ahorita lo pienso así, y quiero tener precauciones; pero sé que mañana, en el agite, no me importará y me lanzaré en mis aventuras de trabajo hasta la quinta paila del averno.
Mis camaradas taxistas me siguen la onda. En este oficio hay rachas de rachas y abismos de abismos. Mientras nosotros estamos parados, se afecta el mercado del delincuente, se afila el mismo mercado para la competencia y las damiselas y los maridos descansan en cierto modo. La primeras se hacen más caseras y los segundos, más felices
Bah, dejemos que amanezca. Hoy cuelgo como la cenicienta. Mañana viernes hay candela.

sábado, 18 de noviembre de 2006

Una noche larga y tendida


Hoy amanecí con el bolsillo algo nutridito: trabajé toda la noche y trajiné el bolsillo de mi amado prójimo. Es decir, por la hora les cobre fuerte. Redondee un monto de Bs. 400.000, desde las 8:30 pm hasta las 5:30 am. Monte culones por cantidad e hice un recorrido de 600 KM en total. Aclaro que trabajo en estos momentos en Pto. Ordaz, aunque suelo hacerlo en Caracas. Me bebo ahora unas cervecitas para rememorar tan larga noche.
Todo empezó después de fustrada cita con una linda damisela -digamos Rita- que esperaba escapársele al marido para disfrutar conmigo. Treinta años, dos niñas, contextura delgada, senos como del tamaño de una naranja, rostro divino. No pudo ser. El tipo apareció temprano por su casa y yo me que quedé como un zamuro, dando acechantes vueltas.
Decidí trabajar corrido para descargar la energía que había acumulado para la cita.
Los primeros servicios fueron los convencionales, desde la 9:00 pm hasta las 11:00, gente bien que luego se va a dormir. Hacia las doce empezó la hora de los maricas, borrachos y putas, especies nocturnas. A tal hora el ambiente se pone peligroso pero más alegre. Luego, después de las dos, le dí corrido hasta la luz del día, y el aire que se empezó a respirar olía a peligro. Trabaje siempre con la sensación del atraco, pero nada ocurrió. Transcurrió el tiempo más que todo en Puerto Ordaz y Unare.
Hacia el amanecer me paré frente a un bar de putas en San Felix, y las zorras, a luz de mis ojos medio prendidos, lucían de maravilla. Vestían ropas mínimas y sus cuerpos eran desbordantes. Tremendas mulatas dejando correr la juventud de sus carnes entre humo y caña. Una de ella me contó de su sufrimiento con un cliente a quien le olían los pies; otra, el dolor que sintió cuando fue penetrada por una especie de asno o caballo con dos patas.
No toque nada, pero debo confesar que siempre que trabajo hasta el amanecer me invade una necesidad de aventura terrible y un gran deseo por una mujer. Logro controlarme.
Cuando vi las primeras luces, recordé que tenía que verme con Rita a las diez para llevarla a pasar el día en un fundo hasta que salieramos en la tarde para ir a pasear por el puente Orinoquia, de reciente inauguración. Mi ánimo caldeaba, y me sentía con ánimo de proponerle que se acostase directamente conmigo, no importando lo temprano del día.
Todo se atenúo con un par de horas que dormí hasta las 9:00 am.
Ahorita en la tarde maduro el modo de cómo acostarla, sin que me afecte tanto el bolsillo.

.

Artículos más recientes

Vehículos: Repuestos y partes online

.